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Año III • Número 25 • Noviembre de 2008
Opinión
 
De los más y los menos
Cesáreo Jarabo
 
Los menos, por naturaleza, jamás serán más que los más, pero el concepto de cantidad no es algo que sea determinante.

Frente a la cantidad, la cualidad es el principio que parece tener mayor importancia; así, ni en el desierto será la arena quién determine la importancia de las cosas, ni en la selva será la vegetación, ni en los polos el hielo, ni en el mar el agua salada.



En el desierto, en la selva, en los polos y en el mar, siempre será determinante para la subsistencia el punto concreto donde la humanidad, la inteligencia superior, se concreta, se atrinchera contra el medio hostil y lo somete para el mejor uso al servicio de la humanidad.



Por eso, siendo los menos quienes deben sobreponerse a los más; los mejores quienes deben sobreponerse a los peores; los más inteligentes quienes deben sobreponerse a los más torpes, son los menos quienes deben gobernar a los más, ya que lo contrario, además de ir contra la Naturaleza va también contra la Justicia y contra la Libertad, no sólo de los menos, sino de los más, porque todos, tanto los más como los menos, tienen la obligación moral de aplicar su talento para el beneficio de la colectividad, y es medida antisocial la marginación, por propia voluntad o por voluntad colectiva no utilizar ese talento



¿Y qué sucede en nuestra sociedad? Justamente lo contrario a lo que nos marca la Naturaleza.



En nuestra sociedad, no solo se eligen los caminos menos propicios para la sociedad, sino que, además, se margina de manera manifiesta a quienes señalan el error. Una sociedad que de manera pomposa proclama que lucha contra la marginación, margina deliberadamente a todo aquel que señala los errores de esa sociedad. Así, es el desierto de arena, y no la arena; la selva y no las plantas que la componen; el mar y no el agua, quienes determinan lo que debe hacerse en cada ocasión, desoyendo el criterio de los beduinos, de los exploradores, de los marinos, obcecados en encontrar el camino para lograr los objetivos que redunden en beneficio de todos.



Pero el sistema, que ya fuese criticado por Sócrates, no da ninguna opción sino la condena a la cicuta. Cicuta que, de momento, es sólo espiritual y conocida como marginación y silencio, pero que intuyo más que probable con aplicación física en un futuro no excesivamente lejano.



Y es que la masa no acepta el pensamiento crítico; no acepta, en definitiva, el pensamiento, porque el pensamiento no es producto de una colectividad compuesta de personas incapaces de dirigirse a sí mismas y que se abrogan el derecho colectivo de dirigir a la sociedad entera, sino de mentes individuales, capaces de abstraerse a la colectividad y que desde esa abstracción, unas veces de forma humanista, otras de forma materialista (sí, reconozco cualidad de pensadores a los padres de la filosofía hoy imperante, aunque no de honestos), generan ideas que influyen y modelan la sociedad.



Uno de los fallos principales de la sociedad democrática es justamente creer que la generación de pensamiento es cualidad de la masa. Por supuesto, quién produce ese pensamiento no cree en la máxima proclamada, sino que conoce las virtudes de la misma, que no son otras que acaparar la fuerza de la misma masa alagada por la sentencia, y que es incapaz de comprender que el producto final repercutirá en más miseria humana, en más esclavitud individual de la persona y en beneficio de un etéreo ser social que no atiende las servidumbres que le son propias como la familia, sino las servidumbres que le son ajenas, como los partidos políticos o las taras sociales, que pasan a ocupar el primer lugar de la preocupación social, pero no como problemas a resolver, sino como cáncer social acaparador de derechos que le resultan ajenos; cáncer para el que no se reclama acción terapéutica, sino cáncer que reclama se le reconozca normalidad, lo que conlleva concepción de anormalidad a lo que por naturaleza es normal.



Lo curioso en este caso es que, para lo negativo, para oprimir a la mayoría, la democracia sí atiende a las minorías, cuanto más exiguas mejor. La democracia reconoce los derechos más antinaturales que imaginarse pueda, acogiéndose al principio del derecho de las minorías; derecho que, por cierto no es reconocido a quienes denuncian los perpetuos abusos contra-natura.



Quienes tal hacen, sean minorías exiguas o minorías amplias, son sencillamente marginados, ocultados, acallados de manera vergonzante, al tiempo que atacados por las instituciones públicas y muy especialmente por los llamados medios de comunicación (por otros conocidos como medios de manipulación).



Mediante el uso de películas de ficción, noticias manipuladas, tergiversaciones, y mentiras directas, el sistema ataca toda concepción espiritual y humanista; a la familia (que para mayor inri apellidan "tradicional", como si acaso existiese una "moderna"), a la concepción moral de la sociedad, de la vida, de la persona, al tiempo que da alas al vicio, a la homosexualidad y al asesinato, presentando esos aspectos como derecho y cosa natural.



Y todo, en un halo de modernidad y de rechazo hacia lo que no consideran como tal, sin caer en la cuenta que nada hay antiguo o moderno; que todas esas concepciones que se están barajando, hace milenios que se vienen barajando, unas y otras, porque en definitiva, nos encontramos en un campo de batalla entre el Bien, con mayúscula, y el Mal, también con mayúscula.



Bien y Mal que filosóficamente y físicamente tienen delimitados sus términos; Bien y Mal que tienen sus pensadores, enfrentados. En tiempos de la Grecia clásica, los filósofos se enfrentaron a los sofistas; los sofistas, los sabios, hoy como ayer se muestran pletóricos y poderosos, y si ayer usaron la cicuta para imponerse a los filósofos, hoy son las únicas voces que se escuchan, porque en su sabiduría controlan los medios de manipulación social, convertidos en la nueva cicuta de la libertad, y son capaces de conseguir el apoyo de las masas y del dinero, con los que actúan a sus anchas sin oposición y sin importarles lo que quienes escapan a su sabiduría puedan manifestar, porque sencillamente, al carecer de altavoces que proclamen sus ideas, es como si no existieran. Estas minorías, así, son las minorías incómodas; las destinadas al ostracismo; las que no merecen la pena; las que no deben ser escuchadas, y aquellas sobre las que se puede decir cualquier barbaridad porque, sencillamente, no van a tener oportunidad de réplica.



Cesáreo Jarabo

www.pensamientohispanico.com


 
Publicado el 4 de agosto de 2008 a las 20:17 horas. | Imprimir
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