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Año III • Número 25 • Noviembre de 2008
Italia
 
Verona: La forma del amor
Paloma Gálvez
 
Una vez escuché decir que el amor tiene infinidad de formas; formas que van recorriendo el mundo sin rumbo alguno hasta que un buen día encuentran las manos, el objeto, los ojos o el gesto, que les hace dejar de sentirse universales para convertirse en intimidad, palabra oculta o desnudez. A veces cuando vamos corriendo hacia el trabajo o estamos en la parada del autobús o simplemente esperando a que nos traigan un café, nos percatamos de algo que nos hace revivir una historia de amor. Esa sensación que se desvanece por segundos y que vuelve a aparecer sin previo aviso es en sí misma la ciudad de Verona.




La casa de Julieta, sobre la que W. Shakespeare recreó su obra lírica.

Cientos de corazones dibujados en una pared. Etiquetas fechadas escritas por parejas de enamorados que a lo largo de los años han visitado la casa de Julieta. William Shakespeare decidió inmortalizar la ciudad de Verona cuando escribió la tragedia de amor ‘Romeo y Julieta’. Inevitablemente los turistas se acercan a ver el mítico balcón o la estatua de la amante perdida, que dice la leyenda, da suerte si la tocas.

Como en cualquier ciudad italiana, existen numerosos monumentos y museos que visitar. Arte, historia y vanguardia se resumen en lugares como el Castelvecchio, el Duomo de Verona, la Piazza delle Erbe, la Piazza dei Signori o las pequeñas callejuelas saturadas de tiendas de Cavalli y restaurantes que hacen alarde del intenso ‘macchiato’ o la ‘pastaciutta alla bolognesa’. Esta ciudad, que forma parte de una de las siete provincias del Véneto, encierra en su aspecto monumental a la par que simple lugares que como buen turista siempre quedan atrapados por una cámara fotográfica.

Pero debo ser franca, lo cierto es que lo mejor de Verona no son sus fachadas, sus plazas o fuentes, porque esos lugares acaban por olvidarse, en la memoria quedan difusos, ocultos por una neblina. Cuando te pregunten si conoces la ciudad sin duda podrás contestar que has estado allí, que tus ojos la vieron y tus oídos registraron los sonidos que la definen. Y sin embargo, no sabrás nada de ella.




Los puestos decoran la famosa Piazza delle Erbe.

Conocer Verona es sentarse una tarde de invierno, con el cielo despejado, en una grada de L’Arena, situada en la Piazza Bra, y divisar a lo lejos cómo atardece. Contemplar la forma ondulada de la luz a través de esas piedras que una vez fueron testigos de luchas de gladiadores y de representaciones líricas. Conocer Verona es sentir el calor de los focos que la iluminan por la noche, mientras tomas un helado en una de las suntuosas cafeterías y lo disfrutas como si fuera el mejor.

Una ciudad a caballo entre la realidad y el ensueño, que más de 200.000 habitantes viven en su complejidad todos los días. Un trozo de amor absorto en el universo que ha tomado forma convirtiéndose en ciudad, en aceras y esquinas. Algo que, si visitas Verona, no debes dejar pasar.


 
Publicado el 1 de agosto de 2008 a las 00:00 horas. | Imprimir
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