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| En son de despedida |
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| Anna Del Vando Riaza |
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Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.
Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!».
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!».
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.
No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)
Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.
José Hierro
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No sé cómo empezar. Habitualmente sé. Hoy no. Me sobran las palabras. Quizás no son necesarias. Pero no se puede llenar una carta con suspiros y miradas, con silencio. Por eso lo intento. Temo que ni la lea. Es decir, que la lea sin leerla. Conoce demasiado los hilos metálicos que sostienen el decorado, los clavos que apuntalan las palmeras de cartón, las fachadas sin vida detrás. Aún así, otra vez, busco las frases que expresen lo que siento, lo que no puedo dejar de sentir. Y los temores.
Hay un hábito literario en mis cartas, casi de circo, un retorcer las palabras, girarlas, subirlas en un trapecio que va y viene hasta que saltan o se estrellan en la pista central, cuando el público grita y el médico diagnostica que no hay nada que hacer, que el equilibrista debe dedicarse a otra actividad, que salgan los payasos y siga la fiesta.
Por eso y por tantas y tantas cosas, escribir sin escribir es un ejercicio doloroso, estéril, es dar vueltas alrededor de una noria aburrida, como un animal domesticado y ciego, resignado a un destino absurdo. Lo presentía, estaba allí, escondido en la oscuridad, podía olerlo. Lo supo desde que cerró la puerta tras de sí y al pulsar el interruptor no se encendieron las luces. Se quedó con la espalda apoyada en la pared, tensa, sin atreverse a dar un paso. Gruesas gotas de sudor empapaban el escote de su vestido. No escuchaba nada pero sabía que el estaba dentro de la casa. Seguro que armado. No podía pensar. No sabía cómo había llegado a una situación tan absurda, tan peligrosa.
El no necesita desmenuzar lo que digo, lo que intento decirle, lo que repito para que vuelva, que me escuche, que me entienda. Me pierdo en palabras. Las dilapido, las esparzo por su pantalón y el las sacude con gesto de fastidio, sin mirarme, sin verme. Están los comentarios. Cuando empecé en esto no los contestaba. No por pereza, por pura timidez. No entendía que cuatro estúpidos escritos pudieran interesar a nadie. Me abrumaba la amabilidad, incluso el cariño. Luego empezó el diálogo. Contestar era una parte del juego. Daba otra dimensión a la página, a la escritura. Me sorprendía que lo que yo había escrito verde se leyera como rojo, la angustia como risa, la risa como desafío. Me acostumbré. Al dejarlo aquí ya no es nuestro, es un territorio libre donde el que lee pone sus normas, su interpretación, su curiosidad o su indiferencia. Es mentira. Se lo inventa. Pobre mujer. No es mi historia. Entiendo. Pues vaya. No me gusta. O sí. Tres segundos. La música. Esa foto ya la he visto. Salto mortal de cabeza. Doble vuelta en el aire y caer de pie, sin doblar las rodillas, la cintura, sin perder el gesto ni la compostura. Una búsqueda. ¿De quién?, ¿de qué? Por fortuna no lo encuentro y seguimos aquí, charla que charla.
Esta es una despedida a pie de andén, de aeropuerto, de muelle, con el pie en el estribo. Unas cortas vacaciones. Nos las merecemos, ¿no? Me voy. Al Sur. Durante años me he ido al sur. Aunque haya viajado al norte. Cambio de ritmos y ritos, de rutina, de paisaje, de miradas. Esta es otra prueba del nueve, una propuesta, tres reyes y un cuatro, órdago a juego, de mano, ¿Cómo debo seguir? ¿Cómo te gustaría? ¿Le mato? ¿Qué se casen? Cartas escritas a la carta. Dejemos el sentimiento de lado, esta es una profesión, de fe, ustedes mandan, se escribe a deseo del que lee, ¿quieren que me desnude?, acabo de quitarme la flada, ¿sigo? De frente, a ambos lados de una mesa, mirándonos a los ojos, los codos bien asentados, las manos unidas, un pulso. Sé que lo entiendes. Esta es una improvisación calculada. Hasta la vuelta…
Anna Del Vando Riaza_annadvr@gmail.com
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Publicado el 31 de julio de 2008 a las 00:00 horas.
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