Apellidos como los de Castel, Meursault, Raskolnikov, Duarte e incluso el más reciente Bateman, el “American Psycho” de Breat Easton Ellis, nos transportan rápidamente a algunos de los personajes literarios más carismáticos del último siglo; personajes que, a base de grandes dosis de confusión, obsesión y violencia, han llegado, paradójicamente, al fondo de los corazones de todos los lectores.
Es curioso como estos personajes, a pesar de estar caracterizados por multitud de cualidades negativas y patologías varias, han sido capaces de provocar un efecto de empatía en quien los sigue. Este hecho no deja de provocar cierta extrañeza en quien ve el fenómeno desde fuera, ya que no alcanza a entender las razones que pueden llevar a un lector a sentir tal identificación mental y afectiva con la manera de ser y el estado de ánimo de estos sujetos.
De todos modos, dejando a un lado los análisis más superficiales, si divisamos pormenorizadamente las cualidades de estos caracteres, observaremos como no es tan descabellado sentirse próximo a su figura. A fin de cuentas, estos personajes reúnen cualidades que son muy valoradas por cualquier persona, sobre todo si ésta tiene inquietudes culturales. Los arriba mencionados destacan por su superioridad intelectual, su sarcasmo, cinismo y tendencia a analizar exhaustivamente las cosas; cualidades que, en mayor o menor medida, son innatas en cualquier ser humano – en su faceta de individuo - y de las que queda desprovisto cuando éste se ve engullido por la masa.
Posiblemente éste sea el secreto del éxito de estos personajes: centrarse en ellos mismos y vanagloriarse de su superioridad intelectual, con la que llegan a “ningunear” o menospreciar a todo aquél que se deja llevar por las diferentes corrientes de la sociedad. Los creadores de estos personajes logran así construir protagonistas muy atractivos para cualquier lector y lo hacen, simplemente, dándole más énfasis a la vertiente más singular del individuo, el cuál decide aislarse totalmente del universo hostil al que ha sido arrojado, y al que sólo deber rendir cuenta por sus propios actos.
Al igual que estos personajes, que se caracterizan por sus contradicciones y por su cantidad de aristas, uno de los escritores que mejor supo sacar provecho a este tipo de caracteres también nace al mundo de la literatura a partir de una aparente contradicción. Esta conclusión se obtiene cuando se conoce que el camino que había escogido, en un principio, el argentino Ernesto Sábato en su vida (Buenos Aires, 1911) no era el de la escritura, sino el de los complicados mundos de la física y las matemáticas.
El bonaerense Sábato, que vivió su adolescencia marcado por una triste infancia, decidió ya en su juventud buscar en el estudio de la física y de las matemáticas el orden que echaba de menos en su vida. Lo cierto es que no anduvo del todo equivocado con esta elección ya que, posiblemente, esa facilidad que logró para desenvolverse en el campo de la ciencia, le ayudaría posteriormente a convertirse en uno de los autores hispanoamericanos de referencia del siglo XX.
No sólo la ciencia permitió al bonaerense desenvolverse perfectamente ante las hojas en blanco, también ésta le dio la oportunidad de lograr lo que cualquier joven sudamericano con inquietudes anhelaba a principios de siglo: viajar a Europa. Tras titularse como doctor de física, Sábato recibió una beca para estudiar en el laboratorio Curie de París, allí en la capital francesa, y a pesar de que parecía encarrilada su carrera, éste se dio cuenta de que su verdadera vocación era la literatura.
Lo cierto es que no es de extrañar que tomara esa decisión durante su estancia en Europa. Allí, el autor argentino pudo comprobar como la sinrazón se había adueñado de las gentes y había devastado por completo el paisaje de “la cuna del pensamiento”. Sábato, abrumado por las continuas guerras, quedó totalmente marcado y desgarrado por la situación dramática en la que se veía inmerso el mundo contemporáneo, incluida su patria, Argentina, donde las diferencias sociales eran especialmente notables.
Será en ese preciso momento cuando el argentino decida dar un paso adelante y plasmar en su obra esa agonía que le atormentaba tanto a él como al resto de la humanidad. También, de esta forma, vendría a completar, de alguna manera, sus inquietudes políticas, que le llevarían en su juventud a ser Secretario General de la Federación Juvenil Comunista y, más tarde, a enfrentarse al régimen de Juan Domingo Perón o a presidir, una vez terminada la dictadura militar, una comisión encargada de investigar las violaciones a los derechos humanos ocurridos en la Argentina entre 1976 y 1983 a manos del “Proceso de Reorganización Nacional”.
Ya en su primera novela, que publica después de haber decidido abandonar su profesión de científico, quedan totalmente expuestas las inquietudes del autor y esa sensación de absurdo y sinrazón que acompañarán a toda su obra. En “El túnel” (1948), Ernesto Sábato pretende realizar un relato sobre la incomunicación a través de su protagonista, Juan Pablo Castel. Éste, pintor reconocido, se vuelca irremediablemente hacia María Iribarne, que da señales de haber comprendido el arte y el mundo interior del artista. Castel, que busca desesperadamente la necesidad de encontrar algo por lo que existir, se ve envuelto en una maraña de sentimientos y sensaciones que lo llevarán a cometer el crimen de la que se convertirá en su amada.
Tras iniciar su actividad literaria precisamente con “El túnel”, Ernesto Sábato solamente escribirá un par de novelas más que, junto a la ya mencionada, formarán un tríptico de novelas en los que quedarán expuestos los anhelos existencialistas del autor. Junto a “El túnel”, las otras dos obras que completan esta trilogía serán “Sobre héroes y tumbas” (1961) y “Abaddón el exterminador” (1974).
De todas formas, aunque no fue especialmente prolífico en cuanto a su producción novelística, sí que lo fue en su faceta ensayística dejando una gran cantidad de textos analíticos de extraordinaria calidad, como: “Uno y el universo”, “Hombres y engranajes”, “Heterodoxia”, “El caso Sábato”, “Torturas y libertad de prensa”, “Carta abierta al general Aramburu”, “El otro rostro del peronismo”, “El escritor y sus fantasmas”, “Tango, discusión y clave”, “Romance de la muerte de Juan Lavalle”, “Cantar de Gesta”, “Significado de Pedro Henríquez Ureña”, “Aproximación a la literatura de nuestro tiempo: Robbe-Grillet, Borges, Sartre”, “La cultura en la encrucijada nacional”, “Diálogos con Jorge Luis Borges”, “Apologías y rechazos”, “Los libros y su misión en la liberación e integración de la América Latina”, “Nunca más. Informe de la Comisión Nacional sobre la desaparición de personas”, “Entre la letra y la sangre”, “Antes del fin¬”, “La Resistencia”, “España en los diarios de mi vejez”.
A pesar de esta ingente obra ensayística, la fuerza de Sábato radica, sobre todo, en su producción novelada, y se puede comprobar ya en su ópera prima, “El túnel”, que le proporcionaría desde el primer momento el reconocimiento del mundo de la literatura, incluso fuera del ámbito hispano-parlante.
Sábato, en “El túnel” escribe sobre algunos de los aspectos más oscuros de la condición humana: la angustia, la obsesión, la soledad o la frustración. Por tanto, como se podrá llegar a intuir, “El túnel” será una obra en la que abunde el pesimismo, y lo hará en cada uno de los pensamientos de sus personajes – en especial en el pensamiento de su protagonista, Castel, que polariza casi el cien por cien de la narración -, poniendo así de manifiesto el retrato de una sociedad sin sentido, en la que reina la incomunicación y en donde las personas actúan sin aparente racionalidad.
El argentino desarrolla la tesis de su novela estructurando el relato en forma de confesión del protagonista. Con la utilización de este recurso, Sábato pretende atraer la atención del lector, que, quizá guiado por el uso intenso que se hace de la primera persona, acaba por sentirse cercano al protagonista y ponerse de parte de él.
Sábato presenta el relato de manera que, desde el primer momento, el lector sabrá quién es el asesino y cuál es su víctima. Para ello emplea el recurso, importado de la literatura europea contemporánea, del monólogo, para revelar los pensamientos y sensaciones de su protagonista. De modo que, durante toda la obra, la acción se cuenta desde la perspectiva única de Juan Pablo Castel. Un Castel que, como protagonista principal de obra, monopolizará casi la totalidad del relato.
El protagonista de “El túnel” denota, en su alma de artista, una sensibilidad extrema que provoca que sus sensaciones estén durante toda la narración a flor de piel. Precisamente será esta exacerbada sensibilidad la que dotará al personaje de multitud de inseguridades que propiciarán que no pueda o sepa comunicarse con la sociedad que le rodea y que se sienta totalmente incomprendido y angustiado. Por eso se vuelve tan importante la aparición de María Iribarne en su vida. Castel está necesitado de otra persona a la que pueda comunicar sus ideas y compartir con ella sus emociones, y María se convierte en el centro de su obsesión cuando ésta parece llegar a comprender el alma del artista al pararse frente a su lienzo y observar impertérritamente la ventanita del dibujo en la que nadie ha parecido percatarse.
Por último, destacar que hasta casi la finalización del relato, la obra parece que esté titulada arbitrariamente. Será en uno de los últimos capítulos cuando el autor, en boca de su protagonista, nos revele que le llevó a usar “El túnel” como título de la novela. El túnel al que se refiere Castel al final del texto es una figura literaria que conlleva aislamiento, desarraigo, oscuridad.... El túnel no deja de ser una metáfora de la vida de Castel, un recorrido oscuro, sin ninguna esperanza, en el que no hay posibilidad ni de comunicarse ni de ser comprendido por el mundo exterior. La única salida posible de ese túnel parecía ser María, pero Castel decide acabar con esa posibilidad con el asesinato de ésta. Un asesinato que, en lugar de traerle desazón o más angustia por perder al ser amado, parece devolverle a un cierto estado de tranquilidad, incluso de redención, pues el objeto que le unía a su conflicto interno, al fin, ha desaparecido.
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