Joven Adonis, que pareces hecho de marfil y pétalos de rosa. La belleza, la verdadera, belleza, acaba donde empieza la expresión intelectual. Tu, que eres demasiado encantador para dedicarte a la filantropía, que lo fuiste todo para Basilio ideal del Arte y de su muerte, lo sabes bien. El terror de la sociedad, el terror de Dios no te conminan. Tu belleza te fue revelada y te convertiste en un elegido. El suicidio de Sibila Vane, carita de flor, apenas rozó mi rostro con una leve mueca. El mal era solo un medio necesario para tu concepción de la belleza. Tu que posees eterna juventud, pasión infinita, que ibas a poseer todas estas cosas. Entonces por qué. No soy culpable de engendrar tu horror. ¿Acaso no he sido yo desfigurado por tu crimen? Jaime Vane. Allan Campbell. Incluso mi propio padre. ¿Por qué me destruyes Adonis? Yo que soy tu conciencia, tu alma. Sentenciarás tu propia muerte.
Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde nace en la ciudad de Dublín el 16 de octubre de 1854. Hijo de un cirujano y una escritora, esteta incansable, comenzó a cosechar triunfos literarios desde una edad temprana: con tan solo 20 años obtuvo la medalla de oro Berkeley y más tarde durante sus estudios en Oxford, el premio Newdigate de poesía. Viajará por Italia, Grecia, Francia (donde trabará contacto con Verlaine) y Estados Unidos donde ofrecerá conferencias. A partir de 1881 aparece publicado su primer poemario, Poemas.
Su matrimonio en 1884 con Constance Lloyd no evitó que aflorara su verdadera condición de homosexual. Años más tarde, su enfrentamiento con el marqués de Queenberry (motivado por las relaciones que mantenía Wilde con Alfred Douglas, hijo del marqués) le supuso la cárcel (por sodomía) y trabajos forzados durante dos años. En 1897 será puesto en libertad y partirá a Paris. Tan solo tres años más tarde morirá en el hotel parisien d’Alsace, en absoluta soledad.
Novelas y dramas tales y como El fantasma de Canterville (1887), El crimen de Lord Arthur Saville (1887), El retrato de Dorian Gray (1890), La casa de las granadas (1892),Un marido ideal (1895), Balada de la cárcel de Reading (1898) y La importancia de llamarse Ernesto (1895) fueron reconocidas a nivel internacional como piezas de extraordinaria belleza.
En El retrato de Dorian Gray confluyen varios temas y una problemática concreta. En su aspecto sociológico muestra la pugna por la individualidad. Su vertiente más simbólica, la vida del propio Dorian, muestra la liza entre el eros y el tanathos, la forma de conciliar el ansia de destrucción y la belleza; el pecado y el castigo; el alma y la muerte; el paso del tiempo y la eternidad. Desde el principio, Dorian se nos muestra como un “joven Adonis”, dotado de una belleza y poder de influencia que él mismo ignora. El propio Basilio Hallward, un pintor reconocido, explica que su “simple personalidad” le resultó tan fascinante cuando lo conoció que podría absorber su “naturaleza entera”. Basilio Hallward, consciente de ello, no desea que el joven conozca a Lord Henry Wotton, pues su influencia podría resultar “perniciosa”. No va mal encaminado en su sospecha.
Dorian Gray se topa con el genio discursivo de Lord Henry, un adinerado noble inglés, ácido y cínico orador. Sus argumentos (“toda influencia es inmoral”, “el fin de la vida es el propio desenvolvimiento”, “el único medio de desembarazarse de una tentación es ceder a ella”) encandilan al joven Gray. El sentido de su propia belleza “surge en su interior como una revelación” a un tiempo que descubre su finitud. Es por esto que desea lo que más tarde se tornará una horrible realidad: “...si fuera yo siempre joven, y si este retrato envejeciese! ¡Por ello daría hasta mi alma!”. El cuadro que Basilio Hallward pinta esa tarde, atrapará el alma de Dorian Gray y el semblante de éste quedará libre de cualquier rastro de culpa, vejez y pecado.
Lord Henry visita a su tío Jorge, Lord Fermor, calificado como “solterón cordial, aunque algo brusco” para investigar sobre el mancebo Gray. Será el quien le desvele la historia del muchacho. Su madre, Margarita Devereaux (una bellísima joven), se fugó con un soldado de infantería, por lo que Kelso (su padre) contrató a un “bellaco aventurero” para que matara al joven. Al poco tiempo murió la bella Devereaux. Dorian Gray se nos aparece por tanto no solo como un joven de belleza inaudita, sino como el futuro heredero de una gran fortuna. Asimismo, Lord Henry desvela sus verdaderas intenciones, intentar dominar a Dorian Gray, tal y como el último, sin saberlo, subyuga al pintor Basilio Hallward. No obstante, no le mueven intenciones perversas (se nos presenta a lo largo de la novela como un personaje muy superior dialéctica e intelectualmente al resto), tan solo su afán de experimentar con la vida, sus absurdas teorías del placer y de la sociedad inglesa en general.
Dorian queda deslumbrado por Harry (Lord Henry) y sus ideas perniciosas, al mismo tiempo que protagoniza un gradual distanciamiento para con Basilio Hallward (“La vida se había alzado entre ellos...”). Dorian Gray ya no volverá a ser el mismo y su afán por perseguir sensaciones le llevarán a enamorarse de Sibila Vane, una actriz de un “absurdo teatrillo”. “La amo Harry”, le confiesa a su amigo, quien considera su iniciación en la lides del amor “un debut más bien vulgar”. Pero el amor de la joven Sibila Vane (“El Príncipe Encantador dirige ahora nuestra vida”) se rompe en mil pedazos. Cuando Harry y Basilio acuden a la representación en compañía de Gray para conocer a su prometida, ésta ofrece una interpretación “vulgar y mediocre”. Gray la rechaza con crueldad y Sibila Vane se suicida.
Aún existe un atisbo de bondad en Dorian, que arrepentido decide casarse con Sibila. Lord Henry le comunica que ya es demasiado tarde y le convence que no ha de sentirse culpable. Es entonces cuando Dorian descubre la primera mueca en el retrato, como “símbolo visible de la degradación del pecado”. Dorian se desentiende: “El retrato asumiría el peso de su vergüenza: esto era todo”. Esconde el retrato e influido por un libro que le regala Lord Henry se dedica a su concepción del arte, la propia vida. Abraza primero el misticismo, luego las doctrinas darwinistas alemanas, colecciona tapices, piedras preciosas, objetos valiosos. Él mismo es consciente de que sólo son “recursos para evadirse por una temporada del temor”. A partir de este momento considerará el mal como un “medio necesario para poder realizar su concepción de belleza”. Corromperá a todos los jóvenes con quien traba relación, llevándolos al vicio y la desgracia. Le atraerá “la fealdad que él había detestado... Porque hace las cosas reales”.
Una noche, tras mostrar el cuadro a Basilio, en un acceso de furia lo asesina. Extorsionará a Allan Campbell para que encubra su crimen, destruyendo el cadáver. La venganza del hermano de Sibila, Jaime Vane, tampoco se verá cumplida, pues morirá accidentalmente en una cacería (mientras vigila a Dorian). “El príncipe Encantador” quedará libre de todo castigo y deseará ser bondadoso. Lord Henry explicará a Dorian Gray al final de la novela: “¿qué provecho logra un hombre que gana el mundo entero y pierde su propia alma?”. Dorian desea ser bondadoso, destruir la sombra de la culpa, siente “un ardiente anhelo por la pureza inmaculada de su adolescencia”. Por ello destruye Dorian Gray el retrato, para eliminar la conciencia de sí mismo, que le juzga desde el óleo de forma perpetua. Destruir el retrato significará su propia muerte. El fin de su alma única y perversa.
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