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Número 23 | Agosto de 2008
Cuento_Primera Parte
 
El lector de Heródoto
Carlos Almira Picazo
 
El Príncipe era demasiado joven para distinguir la desesperación de la humildad. También era inútil confesarlo todo, pues lo daban ya por culpable. Aunque fuera falsa, su confesión inmediata sólo agravaría las cosas...




Biblioteca de Alejandría


El joven, algo alegre por la bebida, se reclinó hacia la baranda del palacio, y fijó su vista en el arrabal. No era un contador de historias. El turbante deshecho le tapaba la mitad de la cara. De la otra mitad afloraba una barba lampiña y un ojo azul. Dio un sorbo sin respirar y maldijo al barrio donde ya empezaba a despuntar el día.

-Hace años, y Dios es el más sabio, comenzó su relato, vivía en Bagdad un poderoso visir, ya anciano, llamado Al Raisuni. Su sola presencia imponía respeto a los príncipes, y su erudición y su prudencia hacían sombra a los sabios de la época.

-¡ya!, rió su compañero.

-una noche fue despertado por un tumulto en lo más profundo del palacio del Califa Harem Al Rasid. La guardia acababa de desbaratar una conjura contra él. El príncipe había escapado ileso de milagro, pero uno de los asesinos acusaba al señor Raisuni de instigador.

Al Raisuni sonrió. No era la primera vez que intentaban mezclarle en conjuras. No obstante, dejó hablar a su secretario:

-esta vez el Califa, mi Señor, lo ha creído.

-¿te lo ha dicho Él?

-no os burléis. Acaba de enviar a buscar a vuestro hijo.

El rostro del visir se ensombreció.

-¿a qué burdel?

-¡ya!, volvió a interrumpirlo, ¿a qué burdel?

-a éste, prosiguió, el joven Al Raisuni ocupaba el mismo diván que tú ahora. Esa noche estaba especialmente alegre. Bebía y cantaba, completamente ajeno a lo que se le venía encima. El hombre que narraba dio otro sorbo: pero si vas a seguir interrumpiéndome será mejor que lo deje.

-por mí…

-el visir se irguió, prosiguió pese a todo: fue hasta la puerta donde estaba su secretario, y encogiéndose de hombros lo despidió, tocándolo en el hombro. Luego fue a arreglarse para pedir una Audiencia, pero al instante cambió de opinión.

Aunque tenía la conciencia tranquila, no era por eso menos merecedor de castigo que otras veces. En otras ocasiones había participado en la caída de hombres, algunos mejores que el propio Califa. No era especialmente ambicioso, pero el poder exigía sacrificios, y el primer sacrificio era uno mismo. Al Raisuni soñaba desde hacía años con retirarse a la vida privada, a alguna de sus mansiones, para dedicarse solo al estudio y la reflexión. Lejos del Palacio y la capital. Ahora, de repente, comprendía que era un sueño irrealizable.

Un hombre sabio, se repetía en su juventud, es aquel que comprende las circunstancias y se adapta a ellas. ¿Qué tenía que ver con eso la inocencia, la justicia, la virtud?

No obstante, la imagen de la Guardia prendiendo a su hijo en un burdel o en una taberna, volvió a asaltarlo. ¿Por qué se afligía? El muchacho, pues no llegaba a veinte años, era inocente, pero un caso perdido. El único descendiente varón, y con él se extinguiría la estirpe, la dorada cadena de altos funcionarios que remontaba a su familia a los tiempos de Muawylla y de Damasco. Por supuesto que al apresarlo y castigarlo por algo que no había hecho, se perseguía la confesión de su padre. Al Raisuni sabía, sin embargo, que ésta no serviría de nada: padre e hijo, culpables o inocentes, estaban de antemano condenados.

Si hubiesen ido directamente a por él, a por el visir, tal vez hubiese habido alguna esperanza. Ir al grano, como sabía Al Raisuni, no era a menudo más que una forma de enmascarar la duda. Castigar a un inocente a sabiendas era estar seguro de los propios actos.

Aunque no era ciego a los defectos del muchacho, el visir lo quería. El afecto, como el viento, no es algo que se elige como un traje o un vino. Era plenamente consciente de que el joven sólo buscaba su dinero y su influencia para dilapidarlos noche tras noche. Nunca haría nada. No cambiaría jamás, y con todo, él no podía evitar quererlo. No por el hecho de ser su padre sino por alguna otra causa incomprensible, remota, que se perdía en él mismo, por completo ajena al muchacho.

El cariño suele equilibrarse con la estulticia, pero en su caso Al Raisuni sabía perfectamente lo que iba a pasar. No podía cerrar los ojos y dejarse llevar sencillamente por la pasión, por auténtica que fuese. Simplemente no podía prescindir de su consabida lucidez. Se detuvo ante el jardín. Para una vez que era inocente, le golpeaban sin misericordia. De haber sido culpable habría encontrado la forma de librarse o, al menos, de poner a salvo al muchacho. Sólo los culpables se salvan.

Se quitó el fez y el turbante de las recepciones y avanzó descalzo hacia el jardín. Hacía una noche fresca. Como ahora, sonrió el narrador, resplandecía el arrabal semejante a una cúpula dorada al despuntar el día. Una fuente borboteaba en la oscuridad. La calma de la noche envolvía los árboles semejantes a manchas de tinta, los tejados recortados bajo las estrellas.

Al Raisuni se detuvo al borde de la terraza. El Palacio dormía tras él, en un profundo, engañoso silencio. El rostro de un anciano, amarillo y blanco, le sonrió desde una mesa de plata. Todo visir, gobernador, todo alto funcionario que se precie, guarda en una arqueta los remedios para estos casos: veneno, puñal, tinta, y papel. En su caso sin embargo, aquello sólo serviría para que se encarnizasen aún más con el joven. Puesto que el castigo que habían elegido para él, Al Raisuni, consistía en ver sufrir a su propio hijo hasta la muerte por algo que aquel no había hecho, cuando había hecho tantas cosas; y en infiltrar en su espíritu un sentimiento insoportable de culpabilidad. Podía sustraerse al sufrimiento físico quitándose la vida, pero no al moral. Por eso lo habían avisado, deslizando aquel rumor indiscreto a su secretario. ¿Intentaría la huida? Si estaba en lo cierto, Al Raisuni sabía que todas las Puertas del Palacio y de la Ciudad estarían abiertas a esa hora, y la Guardia dormida para él. No encontraría ningún obstáculo para embarcar hacia la India o Egipto, o marchar a los confines de occidente, ningún obstáculo aparte de él mismo. Tampoco ninguna razón.

El narrador dio un largo sorbo a su copa. No quería que el cuento le despejara. Sin embargo, conforme avanzaba en aquella historia, se iba despertando al igual que su compañero, que ahora apoyaba la espalda contra la pared y le miraba, también despejado.

El visir, prosiguió, salió al estirar las piernas a la terraza. La luna resplandecía como ahora y al fondo, entre los palmerales, se veía también el maldito arrabal.

Al Raisuni era un anciano, como he dicho, y estaba acostumbrado al insomnio. Poco a poco van cambiando las luces, los ruidos, incluso las cosas. Las formas emergen como de un agua negra y se van perfilando los colores. Así pasó aquella noche, cuidadosamente diseñada para su tortura. Su hijo ya estaría preso, tal vez muerto, ¡ojalá! Al Raisuni sabía que el Palacio era lo suficientemente grande e intrincado como para amortiguar sus gritos. Miró con disimulo, con aprensión, a la oscuridad que le rodeaba, a la mole oscura e imponente del Palacio del Califa que albergaba, junto a los placeres más refinados y exquisitos, los horrores y la crueldad. Y se sintió vigilado.

El joven Harem Al Rasid era ambicioso, pero no carecía de talento ni erudición. Si poseía un ápice de humanidad, tal vez si le rogara le escucharía. ¿Podría conmoverle? Era amante de los versos, como los antiguos Omeyas a los que tan bien sirvieran sus antepasados. Él mismo acababa de tener un hijo. ¿Qué podía perder? En su locura, el visir concibió la esperanza de salvar al joven con la compasión, con las palabras. Pero al instante desechó la idea.

El Príncipe era demasiado joven para distinguir la desesperación de la humildad. También era inútil confesarlo todo, pues lo daban ya por culpable. Aunque fuera falsa, su confesión inmediata sólo agravaría las cosas. Al confirmar lo que ellos ya sabían, sólo conseguiría irritarlos aún más y redoblar su crueldad contra su hijo, al ponerlos en el brete de tener que ser humanos y compasivos, tanto o más que si lo negaba todo. Al mismo tiempo, el Califa le despediría turbado: un anciano que lo había sentado en sus rodillas; que en su juventud había sido su compañero maduro de juergas y cacerías; que lo había acompañado en sus viajes, enseñándole las tierras y las historias de Egipto y de Siria; que había sido su alfaquí en aquellos mismos jardines, sentados sobre sendos almohadones, con los rollos de los antiguos poetas e historiadores griegos, que él, Al Raisuni, tan bien conocía y amaba. Aquel joven al que él, se suponía, había intentado asesinar, y que ahora ordenaba prender y torturar a su hijo.

Rompía el día más allá del jardín, el firmamento empezaba a palidecer. Un pájaro cantó en alguna parte. El visir se postró ante una fuente como si el joven Al Rasid en persona lo contemplara: pegó la frente contra las baldosas mojadas y, mirando hacia Oriente, empezó a rezar.

Por un instante se sintió transportado como el Profeta, a sus años de infancia y juventud: volvió a ver a su abuelo, y a su padre, idénticos como dos gotas de agua, severos como dos antorchas encendidas; volvió a pasear por las callejuelas de El Cairo, de incógnito; visitó Damasco, Basra, Alejandría, regateó con anticuarios y libreros; penetró en burdeles oscuros y perfumados; por último, volvió a deslumbrarse ante Bagdad, la Dorada, cuyas cúpulas cortadas al vuelo por las siete murallas, semejaban otros tantos soles caídos del Paraíso.

Allí se entregaba en cuerpo y alma a los estudios y a su carrera en el Palacio, junto al futuro Califa, entonces un niño enfermizo. Su abuelo yacía en un mausoleo individual, junto al río, bajo una lámpara perpetua; su padre enfermaba y moría discretamente, bendiciéndolo y prohibiéndole el dolor; luego, ascendido ya al cargo de visir, vivía una segunda juventud junto al joven Califa, que los años envolvían de nostalgia: con él visitaba, entre otras, la Meca, las orillas del Índico (el mar de Alejandro y Herodoto), las fronteras rebeldes de Occidente. Para engrandecer su Imperio y su autoridad velaba en el Camarín día y noche, donde jamás cesaban los rumores y las intrigas, que al fin lo habían perdido. Tras aquella segunda juventud más loca aún que la primera, se casaba con una adolescente griega, orgullosa, intratable, que presumía de parentesco con el Emperador Heraclio, y que murió al darle aquel hijo, carne de burdeles y de malas compañías.

El visir recogió la alfombrilla donde se arrodillara, la enrolló de cualquier manera y volvió a entrar en el Palacio. Se tumbó en el diván intacto, y durmió hasta bien entrada la mañana.

Lo despertó un rumor de pasos y cuchicheos. Esta vez no vio ante sí, anunciado por su criado, a su secretario (¿lo habrían detenido también?), sino al eunuco principal del serrallo. Los ojos pequeños lo escrutaron rápidamente, perdidos en las mejillas adiposas; la pequeña boca, femenina y cruel, le sonrió untuosa:

-mi Señor desearía hoy vuestra compañía para comer.

Mientras se vestía le pareció que registraban el cuarto sigilosamente. Luego lo encontró todo en su sitio, pero la sensación de que lo vigilaban ya no lo abandonó.


 
Publicado el 1 de julio de 2008 a las 00:00 horas. | Imprimir
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