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| A mover la lengüita (Trilogía de la bascosidad, II) |
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| J. Ben (Miembro del ‘Club de los Diez’) | |   | J. Ben (Miembro del ‘Club de los Diez’)
Entiendo a ‘Cujo’, perfectamente. Hay momentos en la vida en los que uno debe tomar decisiones sumamente dolorosas y él las tomó. Su muerte fue una desgracia, pero su rabia imperecedera no sucumbió al destino y subyace en mi persona cada vez que voy a Correos de mi barrio y veo atender a semejante inmundicia del sistema establecido. Creo que debe ser una de esas personas que escriben cartas al director de cualquier periodicucho diciendo que les tienen envidia porque han aprobado un examen que el resto no ha sido capaz.
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Es cierto, les envidio profundamente. No sé cómo lo hacen; sin embargo, aprueban y después no son capaces de llevar a la práctica lo que han escrito, no saben dónde dejan los utensilios laborales, tardan cinco minutos en dar curso a un simple paquete certificado de 500 gramos y si se les pide que recarguen el móvil, ¡ay dios mío, ha fallado el sistema, hay que empezar de nuevo! Por mi parte, ya pueden poner muchos intereses en sus ofertas de depósitos bancarios, ni subnormal perdido dejaría mis ahorros en manos de semejantes ‘profesionales’. Ahora comprendo, sin ningún tipo de duda, el motivo que, en apenas un año, ha conducido al jefe de esa oficina a engordar más de la cuenta y a perder bastante pelo: no se puede hacer bien el trabajo, se le queda a uno cara de tonto.
Siempre que me dicen que pase por el otro mostrador contesto “no tengo prisa” y dejo pasar a quien está detrás. La ineptitud me produce urticaria, llena de espuma mi boca y me dan ataques de agresividad que finalizan cuando desgarro la putrefacta piel y bebo la sangre del inútil de turno mientras mi cerebro aúlla “Cujo, Cujo, Cujo”. He llegado a esperar a que el sustituto del jefe durante sus vacaciones, al cual le faltan tres dedos al menos en su mano izquierda, termine su tarea antes de ir al otro mostrador; y es lento de cojones, pero tiene excusa. Todo lo contrario que ese esperpento de funcionaria o lo que sea. En ocasiones las colas son de órdago. ¿Cómo es posible que en la misma oficina haya una persona que sea capaz de hacer tres sobres certificados en cuatro minutos y a su lado se encuentre un ser que tardaría una eternidad en hacer lo mismo? Misterios de la evolución. La última vez que me tocó sufrir la tortura de sellar algo con ella le dije claramente que quería el certificado más barato y añadí ‘paquete azul’ al verla coger la pegatina de Carta certificada, que salía bastante más caro. “Ah, sí” me regaló tras ver que yo tenía razón… No se debe escupir en la cara de nadie, es la mayor afrenta que puede haber y casi lo hice tras recordar cómo trató en una anterior ocasión a una joven colombiana que deseaba enviar un paquete a su país: no le enseñó una caja más grande (a pesar de que la pidió), casi no encuentra la cinta aislante, no le ayudó a cerrar bien la caja (tuve que acercarme a la chica e indicarle que debía poner bastante cinta). Si dios existiera y fuese piadoso eliminaría de la faz de la tierra a tanto necio, junto al payaso que se reía ante los apuros de una extranjera para enviar algo por Correos.
PD: Musculoso, fibroso, bajito y calvito. Tras escucharle mientras paseaba no dudé ni un instante en que no había perdido el pelo por pensar, que de tanto complejo que posee el gimnasio saca mucho jugo. Creo que comentaba a su amigo la última de ‘Indiana Jones’, hablaba de los Mayas del Perú, la ciudad del oro y la calavera de cristal. Los incas en Centroamérica, por supuesto. Por fortuna, tengo trabajo como peón en un taller de mecanizado y me he aficionado a leer las aventuras del Comisario Maigret de Georges Simenon. A disfrutar del empleo mientras me dure.
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| Publicado el 1 de julio de 2008 a las 02:01 horas. | Imprimir |
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