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| Corazones estrangulados, enfermedad estrella, banderas de papel |
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| Elia Maqueda | |   | Julio coge aire para llegar a casa, no tiene-ni-puta-idea de qué le ocurre, sólo sabe que el autobús se hace gigante a su alrededor. Es otra vez esa mierda de que cada vez hay más gente alrededor y todos tienen codos y tienen olores insoportables y ojos que lo miran al centro del pecho, que invaden su mente y su espacio.
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Julio no puede respirar, el pulso va más rápido que el cuerpo y la cabeza más aprisa que la ciudad entera, el corazón se escurre por un hueco entre el hígado y el bazo porque no sabe seguir, y no sabe qué le pasa, y la puerta de casa está en otra dimensión, y la vida es escaleras... Julio se sienta en el bordillo, resopla, se asfixia, llora y deja que sus mejillas se tornen rojas como el muñeco del semáforo que le apunta con el dedo, “por qué te pones así si tu vida es ideal/mente/perfecta”.
Ataque de ansiedad, taquicardia, miedo. Corazones estrangulados en cajas de trankimazin al fondo de bolsos y mochilas y maletas de viaje, no hay agua en los aviones y vuelve el bloqueo en la garganta, el latido de caballo a la hora de dormir, las caras deformadas y los monstruos de la infancia que se atropellan en un viaje psicodélico a través del sueño y, lo que es peor, del insomnio.
Lo llaman trastorno ansiógeno, se dice que será la primera causa de baja laboral en los países occidentales en 2010 – menos de dos años, cuenta atrás, despertador. Se trata de un mecanismo de adaptación del organismo que aparece ante situaciones amenazantes, una sensación habitual en todo ser humano, pero que ahora se ha hecho mayor y es enfermedad y ya no necesita monstruos para cortar sueños de raíz y hacer estallar los ojos en pedazos y volarnos la tapa del alma. Porque no será causa de muerte, pero sí aniquila la voluntad, la autonomía y la capacidad de tomar decisión. Y tal y como está el mundo con las guerras y la política, con los desastres naturales y la economía, ¿qué hacemos nosotros sin sueños y sin voluntades?
Ya no hay banderas por las que decir esta boca es mía, ni pío por un color, ni nada que valga la pena, y por esa misma razón tenemos los bolsillos llenos de pajaritas de papel con risas escritas en morse, así que alejemos los mecheros de los nervios y agucemos los oídos. Vamos a mirar cómo adelanta un pie al otro en las escaleras del metro, parémonos un minuto a sopesar el blanco de ese taxi o a contar cuántas hojas nuevas le han salido al árbol de la puerta de casa. Vamos a mirar al cielo y a entenderlo, a prescindir del hombre del tiempo y a abrir las ventanas de los brazos todos los días. Se acabaron las migrañas y la falta de ganas, las anemias y diabetes, se acabó vivir con un prospecto en lugar de un cuaderno de bitácora, quememos las banderas de papel y quedémonos con las pajaritas. Se acaba la angustia, se acaba el mundo un día de estos, se acaba el mes y llega Julio, verano, a casa, se acaba este texto. Se acaba.
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| Publicado el 1 de julio de 2008 a las 01:40 horas. | Imprimir |
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