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Número 23 | Agosto de 2008
San Sebastián
 
La verdadera perla del Cantábrico
Miriam Sainz
 
Las olas del Cantábrico llegan con fuerza a la ciudad de San Sebastián. Bravos oleajes que estampan su furia contra los muelles más férreos para regresar a sus orígenes. Así recibe cada día la capital guipuzcoana al mar que ha hecho que sus playas sean visitadas por los más sibaritas viajeros. No en vano, San Sebastián sabe aunar como pocas metrópoli y costa, resultando un placer para los sentidos pasear por sus calles.




El atardecer en la Concha.

Enclavado en el Monte Urgull, el Sagrado Corazón vigila en silencio la ciudad con sus impresionantes 12 metros. Su imagen, en lo más alto del Castillo de la Mota, recuerda el pasado bélico de la ciudad, como bien muestran las fortificaciones que aún se conservan a su alrededor. Y en un rincón de la zona norte se encuentra el Cementerio de los Ingleses, con los restos de oficiales británicos que lucharon antaño en la Guerra Carlista y hoy descansan en un entorno apacible de cara al mar.

A sus pies, se levanta el Ayuntamiento, de fachada tan romántica como histórica, pues antes de albergar un edificio público sirvió como casino, donde nobles y aristócratas europeos se dejaban ver, pero no ganar. Entre las más fantásticas historias, se cuenta que la espía Mata Hari también tejió parte de su leyenda conspiradora entre sus paredes. Junto a él, los Jardínes de Alderdi Eder, con sus frondosos árboles y su estanque, sirven de escenario de la tamborrada infantil cada 20 de enero.




La isla de Santa Clara.

La Bahía de la Concha, en toda su grandeza, abarca las playas de La Concha y Ondarreta y la Isla de Santa Clara. Esta isleta, a pesar de no contar con habitantes, posee una pequeña playa con su correspondiente puesto de socorro y otros servicios, como bares de temporada, baños y duchas y un faro que permanece sempiterno. Indescriptible es la extraordinaria vista que desde ella se puede obtener de toda la bahía y de los montes que la custodian, Urgull e Igeldo. Para acceder a ella, se fletan unas pequeñas lanchas desde el Puerto de San Sebastián durante el verano para poder disfrutar de la tranquilidad y hermosura de la isla, así como para la práctica del nudismo por los más atrevidos.

El Paseo de La Concha, probablemente el paseo más famoso de España, bordea la playa homónima con su característica barandilla instalada en los años 20. Una playa urbana, familiar, en la que los más valientes retan a sus frías aguas bañándose y cabalgando en sus olas cualquiera que sea la temporada. Más de un kilómetro de recorrido en el que se puede contemplar, entre otros celebres elementos arquitectónicos, las farolas de la rampa de bajada a la playa y el mítico Balneario de la Perla, con gran solera y heredero de la época Belle Epoque donostiarra gracias al prestigio que le otorgó a la ciudad la reina María Cristina al elegirla para veranear.

El denominado Pico de Loro separa La Concha de la playa de Ondarreta, más selecta si cabe que la primera y con una anchura mayor. A su belleza se suma que es el punto más cercano al famoso Peine del Viento de Eduardo Chillida, tres esculturas de acero continuamente abrazadas por el brío del mar Cantábrico.




El Peine del Viento.

Una tercera playa baña la ciudad, la de la Zurriola. Menos sofisticada que las otras dos, es visitada por un público más juvenil, deportista e incluso los amantes del nudismo pueden acudir a ella legalmente desde 2004. Sin pasar desapercibido, el Kursaal, el Palacio de Congresos, rompe la estética costera con sus prominentes dos cubos de cristal que parecen desafiar al mar. Su predilecta posición le hace testigo de numerosos encuentros, como el Festival de Jazz en la playa, y de algunos es partícipe, como del Festival Publicitario El Sol y del Festival Internacional de Cine, que cada septiembre convierte la ciudad en el epicentro mundial del buen cine y la llena de rostros famosos.

Como también célebre es la fama de la gastronomía donostiarra. Arzak, Subijana O Berasategi colaboran en el ensalzamiento de tal categoría con sus premiados restaurantes distribuidos por la capital. Sin embargo, es imposible marcharse de San Sebastián sin probar al menos uno de sus legendarios pintxos, asombrosos en la Parte Vieja y de difícil elección.

El día más grande

Cada 20 de enero a las 00.00 horas en la Plaza de la Constitución se iza la bandera de San Sebastián dando comienzo a 24 horas de fiesta ininterrumpida. La música de Sarriegui se apodera de todos los barrios de la ciudad de la mano de las diferentes compañías. Entre los componentes del colectivo, unos se visten de cocineros y tocan barriles y otros de soldados, siguiendo el ritmo con sus tambores. Todos ellos celebran el día de su patrón representando una parodia que se fue transformando en un acto cultural. En otro tiempo, los niños imitaban a los soldados que pasaban por la ciudad y, hoy en día, se ha convertido en una representación muy seria para los donostiarras en la que toman parte tanto niños como mayores.

San Sebastián es única. Un amalgama de colores para la vista, olores para el olfato y texturas para el tacto. Una fusión entre una ciudad señorial con muchos secretos por descubrir entre sus calles y una ciudad costera con vistas prodigiosas y naturales. Quizá por ello, el periódico The Guardian la eligiera como “una de las cinco mejores ciudades de veraneo del mundo” con compañeras tales como Berlín, Estocolmo, Nueva York y Amsterdam.


 
Publicado el 1 de julio de 2008 a las 00:00 horas. | Imprimir
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