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Número 22 | Julio de 2008
Let it be
 
Oniria en los zapatos
Elia Maqueda
 
El otro día soñé que vivía en un cementerio. No estaba muerta, sólo vivía allí porque me había licenciado en psicología de psiques. Las almas de los nombres grabados en las lápidas confiaban ciegamente en mí. Era un camposanto imaginario, un mausoleo utópico en el que se daban cita postmortem muchos de mis héroes.

Estaban Julio y Sylvia cada uno a un lado del diván en mitad de varios ramos de flores secas, con la brisa más bien fría de abril paseándose entre sus huesos inexistentes. Ella me hablaba de su padre. Él me hablaba en gíglico y yo contestaba a dos bandas con lágrimas en los ojos. No podía contener la emoción ni reprimir mis favoritismos.

De fondo se oía el quejido amargo de un sitar con reminiscencias inglesas, mientras George tocaba con los ojos cerrados y el cáncer reptándole por el brazo izquierdo. Con Jean-Louis Lebris de Kérouac hablaba habitualmente en francés, porque me encantaba su acento canadiense de antes del camino o de la carretera. El enterrador se dejaba ver de este lado de la verja de cuando en cuando, y todos se escondían tras sus hierbajos hasta que pasaba de largo silbando sus pasodobles con la pala a cuestas.

El romanticismo de esta rutina mortuoria era tal que a veces me quedaba absorta mirando los gestos del explorador, que manoseaba su reloj de bolsillo y se colocaba las gafas oscuras como siempre había hecho en su sillón verde. Las noches eran suaves, y Scott Fitzgerald bailaba con Zelda mientras Elvis me miraba desde lejos con la mirada perdida, sentado sobre la tumba de su madre. Estaban Federico y Miguel jugando a algún juego olvidado con Rimbaud. A veces me dejaban jugar con ellos. Godard y Bergman charlaban animadamente sobre el color rojo, Jean-Luc caminaba sobre las manos.

Tenían tanto que contarse, algunos llevaban allí tan poco tiempo… Me pasaba toda la noche charlando con los que tenía más cerca, intentando hacerles comprender hasta qué punto formaban parte de las vidas de la gente de mi mundo. Al terminar la jornada laboral, exhausta y feliz, con una sonrisa en la cara y un frío terrible en los huesos.

Al despuntar el alba, cuando empezaba a notarse la humedad que anuncia la siesta eterna de la memoria, me marchaba a mi habitáculo con una tristeza extraña pegada a los zapatos. Me lamentaba por no poder dedicarles el tiempo suficiente a todas y cada una de las almas. Recuerdo que en el sueño me vencía cuando apoyaba la cabeza en la almohada, bullendo de conversaciones pendientes con Céline sobre Lola, con los genios del bebop y los hermanos Grimm, con las modelos de Degas y con Sade y Shakespeare en un cara a cara. Al final, me quedaba dormida casi sin querer, con el despertador en la mano.

Con la mano colgando por el borde de la cama, metida en un zapato que me recordara, con su tacto de piel mojada de rocío, que no estaba sola, que estaba sólo soñando.


 
Publicado el 1 de mayo de 2008 a las 00:00 horas. | Imprimir
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