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El reflejo
Salva V.
La vida de Juan era una vida rutinaria. Algunos dirían que no era vida y que se podría resumir en una sola palabra: "monotonía". En parte, por no decir en su totalidad, la culpa era suya, ya que Juan es una persona muy poco curiosa y sin grandes ambiciones. Tenía un trabajo que le iba como anillo al dedo y todas las mañanas se levantaba cuando sonaba el despertador para ir en metro a la rutina. Pero una mañana, por una extraña casualidad, la vida de Juan tenía algo interesante que ofrecernos a nosotros, que sí somos curiosos. Quiso el destino que Juan se sentara en el asiento opuesto al que ocupaban dos hombres de aspecto extraño. Apenas pudo verlos mientras se sentaba. Uno era extraordinariamente delgado y vestía totalmente de negro, su mirada era inquietante y el pelo gris era largo pero cuidado, tenía una enorme cicatriz en la cara que Juan evitó mirar para no llamar la atención. El otro hombre parecía de lo más normal, excepto por las cosas que se puso a decir y que Juan no pudo evitar escuchar:
- Me interesa mucho que me cuentes lo del reflejo 666.
- Bueno, no creo que haya mucho que contar, es simplemente una superstición olvidada, si bien claramente tiene reminiscencias apocalípticas, demoníacas o un poco de las dos cosas.
- Ya, pero creo que sería una buena aportación a mi libro, me interesa recopilar las cosas menos conocidas, no quiero contar lo mismo que todos los demás.
- En tal caso, lamento decir que sólo te aportará medio párrafo. Cuenta la leyenda que si te pones entre dos espejos completamente paralelos, y miras de frente, puedes ver tu reflejo repetirse hasta que se pierde en la lejanía.
- Bueno, todos hemos jugado con espejos.
- Claro, pero en la época en que se escribió esta leyenda los espejos eran más escasos y menos perfectos, no era tan siquiera evidente observar este fenómeno...
- Yo mismo recuerdo haberlo observado de niño, porque mis padres tenían espejos en la parte trasera de las puertas de un armario ropero y jugábamos con ellos.
- Entonces entenderás mucho mejor la historia... puedes ver copias de tí mismo cada vez más pequeñas que se pierden en la distancia, salvo excepciones...
- A que, entre esos reflejos, perdidos en la distancia, existen entes con voluntad propia, sólo que normalmente no se distinguen porque están muy lejos. Se parecen mucho a tí, y apenas se pueden observar cambios en la expresión de sus rostros...
- ¿Voluntad propia?
- Sí, concretamente el reflejo 666 es el primero en la lista, y no le gusta ser observado.
- ¿No le gusta qué?
- Que le observen, en tal caso se enfada y empieza a colarse en la lista de reflejos, como si atravesara un nivel para pasar al siguiente. Es justamente entonces cuando uno se da cuenta de forma muy patente que hay algo que simplemente no encaja con las leyes básicas de la óptica.
- ¡Vaya!
- Bueno, no dejan de ser puras leyendas, superchería barata totalmente superada por la ciencia moderna.
- ¡Claro! Pero, ¿sabes qué? Eso vende, jejeje.
Justo en ese momento el metro llegaba a la parada de Juan, éste se levantó y no pudo evitar mirar la cicatriz del hombre de negro, el cruce de miradas duró una centésima de segundo, pero bastó para que Juan pusiese toda su carne de gallina.
Pronto, la radio en el trabajo y los quince minutos de rigor a media mañana para tomar un insulso café de máquina bastaron para que nuestro amigo olvidase completamente el encuentro de la mañana. El resto del día transcurrió con total normalidad, rellenando formularios y haciendo fotocopias. Posiblemente, llegado el fin de semana, no se acordaría del suceso ni tan siquiera para comentarlo a sus amigos delante de un café quizás menos patético que el de la máquina de su trabajo.
Por la tarde, de vuelta a casa, prefirió dar un paseo. Inconscientemente, evitó tomar el metro y además, tras un día de trabajo, le apetecía estirar las piernas. Al llegar al portal de la finca donde vivía, había ya oscurecido y estaba cansado de caminar. Por otra parte, Juan vivía en el vigésimo piso y prácticamente nunca utilizaba las escaleras así que, sin pensárselo dos veces, subió en el ascensor. Entonces, de repente, cayó en que, tras tantos años de utilizar el ascensor, nunca había reparado en que su interior estaba forrado de espejos. Vino a su mente la historia de los hombres del metro y, por un momento en su vida, volvió a sentir la curiosidad perdida de su niñez y se puso a mirar de reojo a los multiples reflejos de su persona que se extendían en las miles de copias del propio ascensor, como en las salas de espejos de las ferias ambulantes. Posiblemente estos espejos habrían servido, en el 99% de las ocasiones, para que la gente se acicalase el pelo o se mirase los dientes camino al trabajo o, quién sabe, a alguna cita.
Y allí perdido, en la larga cola de reflejos, apenas se distinguían los elementos de la realidad con los de su excitada imaginación ¿Quién sabe si aquello que pareció vislumbrar no sería poco más que un fenómeno óptico? Al fin y al cabo, recordaba haber visto multitud de esos fenómenos en los libros de un amigo que era psicólogo. Todos los reflejos eran iguales, no cabía duda, sólo había sido una falsa alarma, como cuando sales de una película de terror y crees ver personajes tras cualquier sombra ¿O no? Giraba la cabeza siguiendo la lista de miradas e intentaba calcular a ojo dónde estaría la posición cien, quinientos, mil... y, en un momento dado, sintió un escalofrío, como cuando cruzas la mirada con un extraño. Y volvió a sentir la piel de gallina y el frío intenso justo igual que cuando cruzó su mirada con la del hombre de la cicatriz.
En ese momento sonó el "ding" del ascensor, había llegado a su planta y otro par de "ding dong" le abrirían la puerta y entraría en su casa. Seguramente hoy no cenaría gran cosa, pensó, quizás una cerveza y algún miserable plato preparado, para variar. Una oleada de alivio que apenas duró una décima de segundo, el tiempo de ese primer "ding". Entonces el ascensor se detuvo y él empezó a moverse en dirección a la puerta cuando vio que la figura del reflejo, aquella que extrañamente le había sorprendido, estaba avanzando a gran velocidad saltando de reflejo en reflejo. Se quedó petrificado, inmóvil por la sorpresa y por el miedo. Por un "no me lo puedo creer". Entonces reaccionó como si un chorro de adrenalina sacudiese todos sus músculos y empezó a salir del ascensor, al mismo tiempo que sentía una fría mano en su hombro
Juan ya estaba fuera del ascensor, la puerta automática se había cerrado y se encontraba en el rellano de su casa, ya no habían espejos ni nada que temer, así que se dispuso a entrar en su casa tranquilamente, como siempre. Bueno, casi como siempre, ahora la mirada de Juan era... algo más diabólica.
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