DIARIO MAGAZINE EL VIAJERO   DISEÑO WEB GRUPO SIGLO XXI  
Magazine SIGLO XXI - Revista mensual de cultura
 
Año VI • Número 58 • Septiembre de 2011
Relato_Lo más profundo que hay en mi está en la superficie
 
Magazine Siglo XXI  - Pulse para acceder a su sección personal

» Archivo del autor


Bocado para gatos


Rafael Romero


Más le habría valido a la mujer de Mauro continuar con sus quehaceres cotidianos y no mencionar nunca lo de los locos. ¿Cómo había podido olvidar que lo de los locos estaba prohibido en casa? ¿Por qué no respetar la hora de la siesta, ese momento ineludible de desconexión y de sosiego que su marido había instaurado como sagrado? Un resto de quién sabe qué en una de las paredes de la cocina fue el causante de toda la historia. Se trataba de una mancha. Una mancha oscura, como de hollín, que se plasmó en la mente de la mujer y que, por alguna razón, la llevó a asociarla con el cuerpo de su marido. Creyéndose graciosa, dejó que su voz se escuchara en el salón y viajara hasta los oídos de aquel fontanero en paro que intentaba encontrar una postura idónea no en el sofá sino en su cama. La voz de su mujer siempre iba acompañada de una risilla morbosa que casi de inmediato se convertía en una sonora carcajada, tonta e histérica.

—¡Eso de ahí se parece un poco a ti, Mauro! ¡Ven a ver! Ya sé que siempre dices que son cosas de —aquí tendría que haberse detenido y escoger muy bien la próxima palabra— locos, pero jolines, no me vas a negar que…—. Todos los días decía algo así. Y lo hacía con espontaneidad, como si diera por hecho que su marido era el receptor perfecto, cuando la realidad era otra. Su única oyente era ella misma. A veces era un acto mecánico, como cuando repetía, sin que viniera a cuento, que tenía sed, que hacía calor, que qué cara estaba la carne, añadiendo, acto seguido, comparaciones casi siempre insustanciales o ridículas. Sus comentarios eran desatinados, pero igual los decía. En el fondo, sólo quería hablar con su marido, como cualquier matrimonio. Sólo quería decir algo.

Mauro se tragó la ira cual flema inmunda, fingió no escuchar nada, tosió y volvió la vista hacia la ventana de su cuarto. Afuera, se veían azoteas despobladas y edificios, diez, quince, veinte edificios. Tres de sus gatos remoloneaban entre su regazo, alguno recostaba su escuálido cuerpo en sus piernas. Los demás, ocupaban algún lugar privilegiado del salón y parecían no querer involucrarse en nada de lo poco que ocurría con aquella familia. Por la noche, acurrucado en el sofá del salón en plena lucha contra el insomnio y pensando en que debía encontrar un trabajo ya, de lo que fuera, para no tener que estar en casa, se le vino a la cabeza algo mejor: deshacerse de ella, de su mujer; que desapareciera su dentadura amarilla, su mal olor, sus ronquidos, su comida, sus regaños, sus bromas sin sentido; todo, ella, para siempre. Aquella buena nueva resonaba en su cerebro como algo preciso e inmaculado, como algo inmediato. La noche avanzó y Mauro durmió lo que pudo. Antes de las siete, volvió a su cama y se hizo el dormido. Más tarde, cuando su mujer se vestía y dejaba al descubierto su malogrado cuerpo y aquellos pelos descoloridos y sin forma, Mauro sintió que en su mente se gestaba una claro panorama de lo que podía ser su nueva vida de soltero. No tenía miedo. Sabía que era el momento y que no había nada que no pudiera hacer a sus 57 años.

Más tarde, mientras bebía en un bar del barrio, tuvo una epifanía y se sintió capaz de todo. Había un espejo enfrente, debajo de la hilera de botellas de la barra. Bebía y miraba su imagen reflejada de hombre grande, cada vez más viejo y calvo, y cara inexpresiva. Conforme los minutos, empezó a verse a sí mismo como alguien diferente. La imagen se había transformado y le resultaba familiar, cercana. Le agradaba. Entonces pagó, apuró su cerveza y salió a la calle. El sol chocaba en los cristales de los coches y Mauro inspiró profundo intentando ahuyentar el leve mareo que ahora llevaba dentro. El alcohol ya no le sentaba tan bien como antes. Dio dos vueltas a la manzana, fumando, hasta detenerse frente a su portal. Subió, entró en silencio, dejó su chaqueta en el sofá y apagó el telediario. Sus gatos vinieron a él y él los apartó con los pies, procurando no hacerles daño. Mientras la mujer se preguntaba porqué de pronto ya no se escuchaba la voz de Ana Blanco, Mauro entró en la cocina, la cogió por la espalda ―ella dejó de fregar y se imaginó otra cosa, algo que no ocurría hacía años― y entonces lo hizo, lo hizo como quien se prepara un bocadillo o se sirve un vaso de agua, mientras I’m Your Man sonaba no muy lejos y la inconfundible voz de Nick Cave ―¿versionando a Leonard Cohen acaso?― se filtraba por algún resquicio del piso, probablemente desde el salón de uno de sus vecinos. Mauro había optado por romperle el cuello con un movimiento rápido y certero, cubriéndole la boca con una mano y doblándole la espalda hacia atrás, hasta dejarla tendida en el suelo. La vía fácil para alguien acostumbrado a usar la fuerza. Sin gritos, sin objetos cayendo al suelo, sin escándalo. Sólo la melodía de fondo. La olla de presión encendida y el sonido inerte de la nevera. El perro del 2D ladrando. Sonidos que Mauro pasó por alto, puesto que se encontraba en un estado de tranquila euforia y de sordera. Lo había hecho como si ése fuera su trabajo, como si llevara haciendo lo mismo durante años. Cuando arrastró al cuerpo hasta el salón, tuvo la certeza de que estaba interpretando un papel, un rol, un personaje; sintió que estaba obedeciendo las indicaciones de un director imaginario, acaso estricto, que le había exigido que se esforzara al máximo y que fuera determinante. En ese momento, Mauro creyó que se estaba luciendo. Y se asombró. Y le dio un poco de risa. Y pensó en seguir hasta no dar más de sí, hasta que el director lo detuviera y le dijera que ya, que no era para tanto, que descansara.

Todo sucedió a la hora de la comida. Un martes cualquiera de un mes sin festivos ni noticias alarmantes. Mauro no había querido esperar hasta la noche. Para qué. Por la noche el silencio lo estropea todo. Él lo sabía de sobra, debido a su insomnio. Las paredes oyen. Las paredes hablan. Diré que se largó al pueblo, que me dejó por otro, que se piró sin decir nada. Mauro cavilaba mientras acariciaba a sus gatos y observaba el cadáver de su mujer como quien se sienta frente a un cuadro a tratar de entender algo que el pintor no quiso traer a la superficie del lienzo. Pasó más de media hora con la vista fija en aquel rostro pálido, en aquella fea mueca que se había petrificado en la boca, en aquellos labios más rojos de la cuenta, en aquellos ojos entreabiertos, en los detalles que ahora adornaban visiblemente aquella masa fofa e inerte. Le habría gustado soltar alguna lágrima de júbilo, pero llorar hubiera sido un oscuro detalle que habría empañado su hombría. El resto de la semana, como lo escribió enfáticamente en una especie de carta dirigida a nadie, sus gatos se dieron el gusto de comer algo que rayó en lo decente, lo cual lo colmó de una satisfacción plena y a la vez inesperada. Durara lo que durara, al fin podía sentirse bien consigo mismo. La vida era cruel, pero no tanto después de todo.

 
Publicado el 31 de marzo de 2011 a las 00:00 horas. | Imprimir
» Imprimir esta página
» Guardar y compartir

Menéame  Menéame

Google  Google

Yahoo!  Yahoo! Bookmarks

Windows Live  Windows Live

Digg  Digg

Delicious  Delicious

Technorati  Technorati

Wikio  Wikio

Blinklist  Blinklist

Fresqui  Fresqui

Facebook  Facebook

Newsvine  Newsvine

Reddit  Reddit


© MAGAZINE SIGLO XXI | Directora: Anna del Vando | Información y contacto
MAGAZINE SIGLO XXI es propiedad del diario digital SIGLO XXI
Prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos. Toda responsabilidad derivada de los textos recae sobre sus autores. Reservados todos los derechos.