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Año VI • Número 58 • Septiembre de 2011
Relato_Primera Parte
 
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Últimas horas


Germán Gorráiz López




El reloj balbucea ocho campanadas de una cruda mañana de invierno.
La niebla es tan densa que nos impide distinguir la silueta de un hombre
embozado en una bufanda a ratos deshilachada; embutido en un apolillado
abrigo de paño grueso y calzado con un par de botas desvencijadas y dos
mitones que no pueden alejar los sabañones de sus dedos.

Atraviesa ahora una plaza cubierta de un grueso manto de nieve, todavía
impoluta dado lo desvelado de la hora, y si contemplamos de cerca de nuestro
madrugador amigo, observamos que va desgranando sus paso con extrema
lentitud.
Regresa de hacer la compra diaria, siempre a temprana hora para evitar
todo contacto con sus convecinos y tener que contestar a
impertinentes preguntas sobre su estado de salud y situación financiera.
Anda por la setentena y evita con sumo cuidado resbalar en el hielo que
acecha bajo la nieve, pues sabe que dado su estado no podría
levantarse de nuevo.
Caminando con dificultad y apoyándose en las paredes, logra ahora
enfilar el sórdido callejón en el que tan sólo se escuchan sus pasos
y su tos impenitente.
Su respiración jadeante se va congelando al contacto con el aire
glacial por lo que acelera el ritmo cansino de sus pies helados hasta
alcanzar la mísera puertucha que le aislará por un día más del resto
del mundo.
- Atrás quedará por fin esta pesadilla blanca- musita con
satisfacción, al tiempo que rebusca afanosamente en su raída

chaqueta hasta dar con un increíble manojo de llaves en todos
los estados y tamaños.
Todos sus actos representan un sublime esfuerzo por ganar la carrera al
frío que atenaza sus dedos y decide encender un fósforo
para poder distinguir la llave precisa con sus ojos gastados.

Al cabo de segundos eternos traspasa por fin el umbral de la vida,
hundiéndose en la sombría morada en la que habita su soledad.

Se siente satisfecho consigo mismo por haber ganado la batalla a la
niebla y porque la nieve no cubrirá su cuerpo; mas la ansiedad de la
búsqueda le ha provocado un nuevo acceso de tos virulento, no pudiendo
evitar que se le desprenda la bolsa donde almacena la compra, rompiéndose
en la caída el alimento más gustado por su paladar: una garrafa de vino.
Al cesar el ataque aún balbucea discontinuamente y por momentos se
aplica en restregarse la boca con su mugrienta bocamangas.

-¡ Por Satanás!- grita furioso- ¡ya no podré volver de nuevo a la taberna
regresar entero con este tiempo infernal!- maldiciendo acto seguido a los
cielos con las pocas fuerzas que aún le restan.

Su fortaleza anterior se ha derrumbado y es presa en estos momentos de
un ataque de nervios que le hace tambalearse hasta quedar arrodillado en el
oscuro zaguán invadido de telarañas.
Sin embargo, no todo son desgracias en la vida de los pobres y de
repente recuerda que todavía conserva media garrafa del vino añejo que
comprara el año anterior en ferias que guarda debajo del
camastro para emergencias como la presente.

-No todo está perdido, el día aún puede arreglarse -, brota como oración
desde el fondo de su apolillado corazón, a la vez que se percata de la
presencia de los moradores del entresuelo de la casucha. sus dos gatos.

Una vez repuesto del trance vivido, decide compartir su felicidad con los
dos felinos que ronronean melosamente en torno suyo: la gata, joven todavía
y que siempre lleva consigo un gato de enorme cabeza que cuenta con tan
sólo seis meses y un mucho de impertinente que termina por avinagrar el
dulce carácter de su madre.
Convencidos de las intenciones amistosas de su amo, trepan ya raudos
hasta el piso superior donde habita nuestro anfitrión, el cual no puede evitar
un resquemor en su orgullo al recordar los días en que ganaba los escalones a
saltos y descender a la cruda realidad de la artrosis actual que le marca el
ritmo cansino de sus pasos.
Receloso, traspasa el desentablado portón e inicia la ascensión a los
aposentos del piso superior, lo cual representa una ardua tarea para sus
piernas , debiendo hacer acopio de todas sus fuerzas para alcanzar el último
escalón donde se inicia una angustiosa captura del aire que imperiosamente
demandan sus pulmones.
Sabe que la muerte le está esperando al final del último peldaño de
cualquier día y confía en que llegado ese momento, le conceda el tiempo
suficiente para beberse de un trago el vino que necesita su lengua para
contarle lo mucho que le ha esperado.
Una vez recuperado el aliento, entreabre la carcomida puerta de la
cocinucha, dando paso a unos gatos ya inquietos y a sus maullidos imperiosos
que le recuerdan que todavía no ha desayunado.

Siguiendo un inveterado ritual, despedaza en el único plato que posee
las vísceras de cerdo que engullirán por riguroso orden el joven gato hasta
saciarse y su paciente madre dando buena cuenta de los despojos.

Al verlos totalmente entregados a su festín, se le dibuja una sonrisa en
su descuidado rostro, preparando acto seguido un cuenco de leche fría con
migas que nunca limpia después de haber usado, pues cree que de hacerlo se
cortaría el vínculo de unión de un día con el venidero.

Posee además diversas manías; así, jamás enciende el fuego a la misma
hora del día, por entender que ello le supondría un gasto excesivo de leña y
tampoco bebe vino de su jarra antes de haberlo catado sus gata, ya que el
gato negro es todavía muy joven para probarlo.

- Este frío no es bueno para mis huesos – rechina al par que con sus
inestables manos derrama medio cuenco de leche impactando de lleno en la
cabeza de la gata, que acto seguido es lamida con fruición por su hijo.
Todos sus desayunos acaban invariablemente con el suelo más próximo
salpicado de leche y migas que van escapando de su boca, pues sus
mandíbulas nunca se aceptaron bien.
Consumada la operación, patea las salpicaduras con sus botas
destachueladas y despaciosamente deposita la cuchara y el cuenco en el
anaquel donde almacena el resto de cacharros, así como el azúcar que tanto
gusta de comer en varias rebanadas de pan, ya que su dentadura no es la de
antaño y sólo puede permitirse comidas suaves y muy masticadas.

Perdió todos sus molares el día que acudió al sacamuelas debido a una
pequeña molestia que debió complicarse, pues luego de espantosos alaridos
más una hemorragia sanguinaria de casi veinte horas, hubo de permanecer
despanzurrado y para siempre desdentado y sólo su joven naturaleza, amén
de ciertas pócimas recetadas por su madre le salvaron de caer en las temibles
garras del sepulturero.
¡Qué alegría más sincera sintió días más tarde al saber que el vino sería
bueno para cicatrizar las heridas de su boca!.

Desde entonces nunca se ha abstenido de consumirlo, ya que siempre ha
creído que el vino es tan consustancial al ser que sólo los niños y los muertos
debían dejar de consumirlo.
Las libaciones, por otra parte, las realiza en la sola compañía de sus
gatos y se reducen a cuatro o cinco jarras que sorbe con avidez en cuanto las
sombras se van adueñando de su lóbrega morada.

Por lo demás, el piso donde habita comprende solamente dos estancias:
el cubículo, toscamente amueblado por una cama de hierro despatarrada con
un deforme colchón de lana; una silla despellejada que hace las veces de
mesita de noche; un palanganero que consta de jofaina, jarra y espejo
semirroto, además de un orinal con toda clase de orines y una roñosa navaja
de afeitar.
Las paredes están salpicadas a intervalos de calvas y petachos y las
maderas del suelo totalmente roídas por los ratones, antiguos inquilinos del
aposento.
El antro donde tiene lugar la mayor parte de sus duermevelas y
meditaciones es un habitáculo de suelo muy bajo; paredes agrietadas y suelo
de un color mezcla de brasas aplastadas, sopa apestosa y vino rancio en la
parte más cercana al fogón; las cuadrículas próximas a la mesa son una
amalgama de blancos de leche y azúcar más rojo del barro de sus botas, así
como un verde indescifrable de los humores de su acatarrada nariz.

Por último, los rincones, la parte baja de las paredes así como los lomos
de los gatos están repletos de los escupitajos que emite a lo largo del día con
periodicidad rítmica.
El mobiliario se reduce a una vetusta mesa de nogal picada de cuchilladas, fruto del inestable pulso de su dueño y que lleva adherida como costra en su piel una maseta informe de leche, migas y azúcar; una banqueta de pino algo destartalada que ganara en una partida al dueño de la taberna;
una jarra de cobre, cuenco, plato y varios pucheros de latón y cuchara y
tenedor de madera, además del cuchillo de cocina.

Su única comida sólida se reduce a un puchero de sopa maloliente
con que acompaña a los pocos arenques que sobreviven a sus gatos.

Nunca bebe vino en tal ocasión, pues es de la opinión que ese néctar
divino sólo debe saborearse cuando el paladar está totalmente virgen del
contacto de otros sabores, cosa que nunca ocurre antes de la anochecida, ya
que su aparato digestivo está aquejado de meteorismo y sus eructos resuenan
en las estrechas paredes del aposento cual bramidos de ciervo.

Otro mal que le aqueja es la halitosis, aunque de esto sólo es consciente
el gato que se atreve a interponerse en el camino de sus nauseabundos
efluvios.
Todas estas operaciones son interrumpidas por el constante flujo y
reflujo de unas llamas que indican a nuestro hombre la necesidad de reponer
leña en un fuego que es su obsesión, pues está convencido de que el día que
se le apague será su final, y para evitarlo, siempre dispone de un nutrido
arsenal de troncos y astillas a su diestra.

Asimismo, como quiera que el mantener el fuego e encendido sólo para
calentarse representa un gasto superfluo a sus ojos, tiene siempre colgando
un gran puchero con agua que hierve repetidas veces hasta convertirse en
vapor.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
 
Publicado el 28 de febrero de 2010 a las 00:00 horas. | Imprimir
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