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El error
Carlos Almira Picazo
Hoy pasé el día encerrado en casa, dando vueltas y fumando, bebiendo té: ya contemplo el río helado, ya el puente Nevski desdibujado por la bruma, que no se levanta hasta el mediodía; ya la calle sacudida por el traqueteo de los coches; ya las arboledas desnudas que me hacen pensar en el bosque y en la tumba.
Al caer la tarde me serené al fin. Quizás también influyó en mí el ejemplo del poeta. Arreglé mis papeles y me senté a escribir, a la luz de la lámpara, ante la ventana negra donde la nieve revolotea infantil, contagiándome con su paz..."
Hace poco murió a las afueras de Moscú el famoso poeta x. No es que yo quiera comparar nuestros casos: hay muertes y muertes. El duelo siempre me pareció una de las más absurdas y románticas, pero yo no soy un poeta (sólo un pobre matemático), y para colmo un pésimo tirador.
Tendré ocasión de hablar de mis defectos, pero no voy a extenderme en los detalles de la historia que me ha llevado a esta situación: sólo diré que amé a la mujer equivocada, y que su marido, el famoso conde de Pretis, me retó a un duelo de pistola. Como todo el mundo sabe o debería saber, el conde de Pretis es uno de los mejores tiradores de Europa.
Mañana al amanecer, en el bosque de Oldemburgo, voy pues a morir por un error.
Sin embargo lo peor no es esto. ¿Puede haber algo peor que la muerte, y por ende una muerte provocada? Que el lector juzgue.
He dicho que tendría que hablar de mis errores, y con esto no me refiero sólo al afaire sentimental que me ha llevado a este callejón sin salida; ni siquiera a mi relativa juventud; sino a los últimos veinte o veinticinco años de mi vida. El famoso poeta x. muerto como digo hace poco también en un duelo, cerca de Moscú, también era joven, pero no ha desperdiciado su vida como yo. Entiéndaseme, él ha muerto después de haber vivido, y deja una obra monumental; yo, en cambio, ahora lo sé y esto es aún más terrible que la certeza de morir dentro de unas pocas horas, lentas, angustiosas, e inexorables, no dejaré tras de mí ningún rastro en el mundo, aparte del error al que me refiero.
Pero el error no ha sido sólo haber desperdiciado estos últimos años: ¡qué frágil, precaria y engañosa es la vida! Si sólo ayer a esta misma hora me hubieran dicho que iba a morir, y para colmo en un duelo por celos, me hubiera sonreído. Y sin embargo, no hay nada más cierto que nuestra fugacidad.
Pero yo podía haber hecho algo en la vida; o mejor dicho, haber dejado constancia de mis importantes descubrimientos matemáticos y filosóficos, quizás equiparables a los de Newton. Cada día que ha pasado desde que ingresé en la Facultad de Petrogrado y comencé a especular y desarrollar mi Teoría de los Polinomios, ha sido una ocasión desperdiciada en este sentido.
Me traicionó la confianza en mí mismo, en el día de mañana; siempre tuve y me vanaglorié de ello como un pavo real, una memoria prodigiosa: cuando los demás transcribían de inmediato sus ideas al papel, yo me sonreía con insufrible suficiencia. ¡Cuántas veces, mis maestros primero y mis discípulos después, me advirtieron y urgieron a poner por escrito mis ideas, pero siempre lo pospuse, con un humor trivial!
Una vez incluso cometí la petulancia de llenar el enorme pizarrón del Aula de Pedro El Grande con mis apretados teoremas: fue hace dos años, en mi egreso de Doctorado; el Tribunal y el escaso público que ocupaba la vasta y fría sala, seguía con un silencio solemne el rápido rasguear de la tiza; de repente me detuve, ¿esperaba un aplauso?, y sin mediar palabra, antes de que nadie tuviera tiempo de reaccionar, de copiar una sola línea (me había cuidado de tapar con mi cuerpo el encerado), ¡lo borré todo, absolutamente todo dejando mis colegas y estudiantes pasmados, estupefactos!
Esta cualidad mía, el orgullo y la despreocupación por la gloria –que en realidad escondía sólo despecho y vanidad-, encandilaba a las mujeres, especialmente a las casadas. Supongo que habrá una explicación y confieso que nunca me preocupó. El caso es que caí en brazos de la condesa de Pretis, como antes había caído en los de muchas otras. Casi puede decirse que pasaba de los brazos de una a los de otra, como esos caniches consentidos que a menudo se ven en nuestros aristocráticos paseos, envueltos en mantas y lazos.
No voy a referir los detalles de este romance. En definitiva, tal vez siempre he buscado lo mismo: público y aplauso, ya en la tarima de profesor; ya en la alcoba de amante; o en el Café Inglés, ya fuera con abrazos o con fórmulas matemáticas, ¡siempre el público crédulo y entregado, pasmado como ante un prestidigitador itinerante!
La condesa de Pretis, aspirante a Mecenas como todas las grandes señoras, me urgió a imprimir mis teorías matemáticas. Según ella, yo no tenía derecho a guardarlas en mi cabeza para mí solo. Cualquier día un perro rabioso, un cochero borracho, podía acabar con todo. En el calor del amor le prometía siempre transcribirlas al día siguiente, pero como el que promete conquistar Persia o viajar a la luna.
Al fin, los envidiosos y los intrigantes, pusieron al conde de Pretis sobre la pista de nuestra traición. Lo demás es trivial: el buen hombre, que ha dedicado su vida a pasear sus bigotes y sus caballos ingleses por Europa, y a cazar liebres en los alrededores de Moscú o Petersburgo, y a liarse con coristas, nos pilló in fraganti, en su propia cama. Me arrojó melodramáticamente un guante y me retó a pistola (ejerciendo el derecho del agraviado), para mañana al amanecer.
El recuerdo del gran poeta x. muerto recientemente en duelo a pistola en un bosque cercano, tal vez influyó en su decisión. Ya he dicho que el conde es un gran tirador, como buen oficial retirado, que jamás ha ido a una guerra ni sufrido un rasguño en su vida.
Bueno, esto es todo en lo que a los hechos se refiere. Las malas noticias vuelan, y ya he recibido las condolencias de mis mejores amigos, de la mayoría de mis allegados. ¡Más de uno habrá encargado ya el chaqué y los botines para mi funeral!
Desde hace días nieva en San Petersburgo. Los días cortos y blancos palidecen rápidamente; calles, parques, avenidas y plazas, brillan como la plata recién bruñida; y sobre los tejados el humo de las chimeneas se retuerce dibujando garabatos, apelmazado contra el cielo blanco y helado, que apenas le deja elevarse.
Hoy pasé el día encerrado en casa, dando vueltas y fumando, bebiendo té: ya contemplo el río helado, ya el puente Nevski desdibujado por la bruma, que no se levanta hasta el mediodía; ya la calle sacudida por el traqueteo de los coches; ya las arboledas desnudas que me hacen pensar en el bosque y en la tumba.
Al caer la tarde me serené al fin. Quizás también influyó en mí el ejemplo del poeta. Arreglé mis papeles y me senté a escribir, a la luz de la lámpara, ante la ventana negra donde la nieve revolotea infantil, contagiándome con su paz.
Las primeras horas han sido extraordinariamente fructíferas. Las fórmulas y los teoremas que guardaba en mi cabeza, y que revolucionarían la Ciencia, han fluido sin dificultad al papel, no tendré tiempo de corregir ni de pasar a limpio, y he de saltarme muchos pasos intermedios.
Pero de pronto, ya a punto de amanecer, en el punto crucial de mis demostraciones, ¡he encontrado un error, un error de aritmética!
Al principio no me lo creía: lo he atribuido al cansancio y a los nervios; lo repasé, rehice páginas enteras, con una velocidad que las hará ilegibles, y de todas formas, inútiles, pues al cabo llegó siempre al mismo punto: un error en el cálculo, ¡en una simple suma!, que echa por tierra todas mis demostraciones y teorías, que en efecto, son falsas.
Desesperado, he desistido al fin y me he sentado a escribir esta nota de explicación y despedida.
A este error me refería.
Las primeras luces del día asoman por oriente. Acabo de oír llamar a la puerta a mis testigos.
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