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Las palabras sobran
Fernando Pérez Ortega
Ella escribe con su dedo en el cristal cubierto de vaho “yo te enseñaré a ser feliz”. La frase adquiere una rotundidad inapelable en ese formato. Él se levanta, va hacia la barra y vuelve con un par de cervezas. Bebe más de la mitad de una de ellas de un trago y agacha la cabeza, como si estuviera concentrado buscando algo junto a sus pies. Le gusta hacer eso, actuar como si fuera el personaje de una película. Ella mira a través de la empañada ventana la llanura mojada por la lluvia, atravesada violentamente por una vena asfáltica. Con la manga de su bonito jersey amarillo –por lo menos una talla más grande que la suya- borra las palabras antes escritas dejando el vidrio transparente, lo que le permite ver la verdadera intensidad de esa llanura y su interminable herida. Le mira y no parpadea, durante segundos, tal vez un minuto. Pero no encuentra sus ojos, demasiado ocupados en seguir desarrollando su papel, el que se ha preparado para este drama. Escrito y dirigido por él. De nuevo la vista en la ventana. Un perro vagabundo, empapado, mordisquea una lata de refresco; dos hombres con enormes sombreros cambian la rueda de un coche herrumbroso bajo la fina lluvia; una mujer con una minifalda, bajo el pequeño tejado de un viejo cobertizo, contonea sus caderas mostrando su género caduco.
Comienza a sonar en la máquina de discos una canción de Pearl Jam cuando la cerveza se queda vacía. Ella no ha dejado de mirar a través de la ventana, comprobando cómo el vidrio volvía a empañarse, convirtiendo poco a poco a la llanura en una suerte de paisaje fantasmagórico. Pero ahora ya no habría podido ni escribir su propio nombre. La cafetera se escucha por encima de la música, por encima de todo. Ese chirrido estridente. Vuelve a levantarse a por cerveza a la barra. Allí, de pie, un hombre sorprendentemente pequeño devora un bocadillo mientras con el pie sigue el ritmo de la música. Le mira con ojos desafiantes y a el le viene a la mente una honda disparando una piedra. Al volver, ella ya no esta allí, sólo su jersey doblado sobre el asiento. El gesto de contrariedad quiere ser de Sean Penn, pero se queda en Jim Carrey. Se sienta de nuevo, da un largo y solemne sorbo a la botella y, con todo el dramatismo que puede acumular, escribe en la ventana empañada “es tan difícil saber ser feliz...”.
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