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Año VI • Número 58 • Septiembre de 2011
Relato_Segunda parte
 
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El doble


Carlos Almira Picazo


Con la intención de entregarlo a las autoridades, y sin leer una sola línea, se lo guardó en el profundo bolsillo del abrigo. Esa misma tarde su mujer le anunció que estaba embarazada. Y al día siguiente, cuando volvía exultante de su nuevo trabajo en los ventiladores de la muralla, vio a Elena y a Ramoncito que jugaba en el invernadero recién abierto junto a su nuevo bloque colmena. Se acercó sigilosamente para darles un susto. De pronto se detuvo. Elena estaba hablando con un hombre barbudo, que se apoyaba en una bicicleta. Intrigado, decidió acercarse...

Lo único que le dolía, en su fuero interno, era que tuviesen que aplanar los viejos parques donde había jugado en su infancia, pero no había otra solución: las semillas perniciosas, arrastradas desde los bosques antes de que se cerrase la burbuja, habían proliferado y amenazaban con contaminar el resto de la vegetación, envenenar el agua, y reventar los adoquines y las cloacas: las autoridades sanitarias hubieron de realizar una penosa y sistemática selección genética, y destruir todos los ejemplares peligrosos, para repoblar algunos parques convertidos en invernaderos seguros y jardines climáticos.
Todo esto se hizo con asombrosa eficacia y rapidez. Aunque parezca paradójico, la última tarea abordada por las autoridades, quizás era la más compleja, fue la elaboración del Censo definitivo de los felicinos: en adelante, quedó abolida la categoría civil de extranjero y refugiado; todos los habitantes de Ciudad Feliz fueron asimilados y declarados, ya fuesen nativos o adoptivos, ciudadanos iguales.

Meses atrás, casi al comienzo de los grandes Cambios que darían su fisonomía definitiva a Ciudad Feliz, recién nacido su primer hijo, Ramón W. segundo recibió una carta de la Biblioteca Pública del barrio, donde se le reclamaba un volumen de poemas de un tal Omar Khayam, que al parecer no había devuelto; era la primera noticia que tenía del tal volumen; pero como poco después todas las Bibliotecas y Librerías fueron clausuradas para su reorganización y expurgo, Ramón W. segundo se olvidó por completo del asunto hasta que un día, meses después, la misma semana en que se inauguró el primer Druguestore de la Ciudad, tropezó por casualidad con el libro en cuestión, al fondo de la guantera del coche.

Con la intención de entregarlo a las autoridades, y sin leer una sola línea, se lo guardó en el profundo bolsillo del abrigo. Esa misma tarde su mujer le anunció que estaba embarazada. Y al día siguiente, cuando volvía exultante de su nuevo trabajo en los ventiladores de la muralla, vio a Elena y a Ramoncito que jugaba en el invernadero recién abierto junto a su nuevo bloque colmena. Se acercó sigilosamente para darles un susto. De pronto se detuvo.

Elena estaba hablando con un hombre barbudo, que se apoyaba en una bicicleta. Intrigado, decidió acercarse.

El viejo le preguntaba por una dirección desaparecida. De cuando en cuando, miraba al niño que jugaba en los columpios. Elena parecía extrañada, casi asustada.

Entonces, sin querer, topó con el libro olvidado en el bolsillo. Con tantas emociones se había olvidado de entregarlo. Cuando el viejo lo vio, se encaramó en su bicicleta, y se despidió apresuradamente.
-¿quién era?
-un electricista, cariño.
-¿qué quería?, le besó en una oreja y le acarició el vientre incipiente.
-nada, buscaba una calle que ya no existe, figúrate, nuestra antigua calle.
Esa misma noche Ramón W segundo bajó al garaje y empezó a leer los poemas del tal Omar Kayham. Aunque aún no lo sabía, sus días felices habían tocado a su fin.

Ya en su cuartucho, (había cambiado de apartamento dos veces en el último mes), Eduardo Caneti se tumbó boca abajo sobre la cama deshecha. Por la ventana entraba el aire fresco de la noche. Aún tenía puesto el abrigo y las botas mal hechas, pesadas, con las suelas cubiertas de barro.

Abrumado, no dejaba de mover las manos a izquierda y derecha, de gesticular. Del pasillo abierto a media docena de habitaciones idénticas, la mayoría de las cuales daban a un patio interior, llegaba de cuando en cuando una voz, pasos, ruidos de puertas.

¿Qué he hecho?, se repetía. Al fin, se sentó en la cama, la cabeza desgreñada y mojada entre las manos cubiertas de arañazos, rematadas en unas uñas desportilladas y negras.

Su fuga estaba teniendo consecuencias imprevisibles y desastrosas: además del libro olvidado, en el que ya no pensaba, estaba sobre todo el embarazo de Elena. ¡Lo que saliera de ahí sería exclusivamente responsabilidad suya!
De repente vio que había creado un monstruo, pero que el verdadero monstruo de egoísmo e irresponsabilidad era él mismo.

Aunque no le atormentaban los celos, le dolía hasta cierto punto que ella no le hubiese reconocido. Habían pasado sólo dos años. Claro que en ese tiempo se había transfigurado como si se hubiese sometido a una operación de cirugía estética.

Ella no sólo no le había reconocido sino que se había atemorizado y retrocedido unos pasos. Con la emoción, no había acertado a hacerle bien la pregunta, a pronunciar bien las palabras, que le salían estropajosas como a los borrachos entre los pelos sucios de la barba. Y luego, era evidente que la calle por la que preguntaba ya no existía. Lo había tomado por un vagabundo alcoholizado, o sea un delincuente.

Entretanto el niño, su hijo, jugaba con la arena del parque, a unos pasos.
De pronto vio su vientre abultado. Una ráfaga loca de esperanza cruzó por su mente: tal vez Elena había vuelto a casarse.

Entonces sorprendió su mirada por encima de su hombro, encorvado sobre la bicicleta. Le bastó volverse un instante a su vez para reconocer a su doble, que se acercaba a ellos.

Se encaramó a su bicicleta como si hubiera visto al diablo y, prácticamente sin despedirse, se lanzó a la carrera.

Aún tuvo tiempo de ver, no obstante, antes de doblar la esquina, cómo hablaban, se volvían, y lo miraban. El aire aún más frío con la velocidad, le raspaba la cara.
Cerró de un golpe la ventana. La lamparita del techo apenas producía sombras. Un electricista que no tenía luz en su habitación.

Abrió el grifo del lavabo, empotrado en la pared, y hundió la cabeza en el chorro turbio y helado.

Entonces lo expulsarían a los bosques. La pena de muerte había sido abolida de Ciudad Feliz. De todas formas pensaba marcharse voluntariamente un día u otro. Al menos el castigo lo liberaría en parte de la culpa.

Aunque pensándolo bien, tendría nuevos motivos de remordimiento, y aún peores: probablemente Elena no sobreviviera; si no moría en el aborto, o a causa de aquello que crecía en la oscuridad de su vientre, enloquecería al descubrir que su esposo era una máquina, lo que era una forma peor de muerte. En tal caso, lo mejor sería entregarse cuanto antes a la policía: al menos así Elena sabría que su primer esposo, aunque un canalla, había sido al menos un ser humano.

¿Qué sería de su hijo después? El Estado se haría cargo de su tutela: no le permitirían ni siquiera verlo. Por otra parte, aunque se lo permitieran excepcionalmente, el chico no querría saber nada de él, lo odiaría y lo culparía con toda razón de haber matado a su madre y descubierto a su “padre”.
En cuanto a éste último, si no se suicidaba al descubrir que era un robot, lo más probable era que las autoridades lo desmontaran para investigarlo. Tal vez a alguien se le ocurriera entonces fabricarlos en serie, en alguno de los muchos programas secretos del gobierno (lo sorprendente era que no lo hubiesen hecho ya): robots para los trabajos más peligrosos e ingratos, o sencillamente para engrosar la población de Ciudad Feliz. No le hubiera extrañado en absoluto descubrir que la mayoría de sus conciudadanos, tan demócratas, ecologistas, pacifistas, feministas y progres, eran en realidad mansos y felices androides.
¿Quién le garantizaba a él mismo que no era uno de ellos?

Pero tal vez el niño, o lo que fuera, naciera después de todo, Dios sabe cómo, incluso con apariencia humana. También cabía que la madre sobreviviese al parto.

Todos estos pensamientos se revolvían en su mente. Para conjurarlos, apagó la luz como quien suelta las riendas de un caballo desbocado, y trató de dormir.
Entonces, como obedeciendo a un Destino macabro, irónico, y guasón, le llegó del fondo del pasillo el llanto de un bebé.

Ramón W. segundo bajaba ahora todas las noches al garaje. Al principio, sin un motivo preciso ni un objeto claro, se limitaba a acomodarse entre el coche y las herramientas, y dejaba vagar su imaginación descontenta. Muy pronto, sin embargo, se entregó con pasión a la lectura de los poemas de Omar Khayam. Como un hambriento que se ha privado a si mismo sin percatarse, durante largos años de darse un verdadero banquete, el ingeniero, descubierta esta extraña vocación tardía, se entregaba a ella con verdadero fanatismo: devoraba de principio a fin el librito del poeta persa una y otra vez; acababa y volvía a empezar por el principio con idéntico entusiasmo; otras veces, cuando estaba más melancólico, se tumbaba en una especie de jergón que había descubierto tras las estanterías, lo abría al azar y leía en voz alta sin preocuparse de las patrullas cívicas que rondaban por las calles en busca, por ejemplo, de ventanas iluminadas. Su única precaución era cerciorarse de que Elena y Ramoncito dormían, antes de deslizarse como un ladrón a la oscuridad de las escaleras. Por otra parte el único ventanuco de la cochera estaba recubierto con un cartón, donde rebotaba la luz.

Ramón W. segundo no entendía de poesía. Sin embargo, aquellos versos al vino y a la fugacidad y esplendor de la existencia, lo aturdían y lo emocionaban. Al final, se los aprendió de memoria, con el fin de recitarlos en cualquier parte: los mascullaba como un rezo en el tranvía, en la fábrica, en el baño, en la calle, moviendo una y otra vez, imperceptiblemente los labios como quien paladea algo prohibido. Así fue adquiriendo poco a poco la costumbre de hablar solo a todas horas, como un demente. Entre sus favoritos estaba el que decía:

La sombra de un árbol, y tus ojos.
Ningún sultán es más feliz que yo;
Ningún mendigo más triste.
Si le hubieran preguntado qué lo fascinaban de aquellos versos (tan ajenos a su vida), no hubiera sabido qué decir.

Lo cierto es que la Belleza, que él estaba convencido de haber descubierto al fin, sin haberla merecido ni buscado al menos conscientemente, lejos de aportarle confianza, alegría y serenidad, lo estaba hundiendo en un pozo cada vez más profundo de soledad y desdicha.

Como quien lleva escondido en un bolsillo un pajarillo vivo o una joya preciosa, y atraviesa una calle gris y fea, así se sentía él.

Por una parte, veía que aquello era muy importante, y le hubiera gustado proclamarlo en voz alta, por ejemplo en el druguestore de la avenida Ché; por otra parte, se daba cuenta de la locura y (lo que era aún más triste) de la inutilidad de semejante conducta y deseo, y los reprimía. Cada vez le resultaba más difícil fingir. Tal vez el único sonámbulo y enfermo era él. Un enfermo incurable.

Una noche, no pudiendo resistir más, salió a la calle y se internó en el invernadero vecino, que estaba cerrado. Forzó la puerta y avanzó en la oscuridad entre las plantas. Una vez allí, rodeado por las tinieblas, se encaramó a tientas a un banco y recitó a viva voz:

¡Un poco de sol, un poco de agua fresca;
La sombra de un árbol y tus ojos.
Ningún sultán es más feliz que yo;
Ningún mendigo más triste!
Enmudeció, anonadado, seguro de ser detenido. Nada, sin embargo se movió ni perturbó el silencio, la densa oscuridad que lo rodeaba. De un salto se plantó en la puerta, salió a la calle desierta y corrió hacia el garaje.

Desde la calle veía las fachadas negras y muertas, sin una sola ventana iluminada, incluidas las de la habitación donde dormían su hijo y su mujer, a punto de dar a luz. Pero al otro extremo de la calle, muy lejos, creía distinguir el zigzag de las linternas de la Patrulla que se acercaba a él como un perro que olfatea en la oscuridad.

Ya no se preguntaba cómo habría llegado aquel libro a la guantera de su coche. En parte, su origen enigmático e inescrutable contribuía a su aureola de objeto sagrado.

Era el único libro ilegal que poseía, y el único que necesitaba.
Poco a poco se operó además en él otro fenómeno: a fuerza de manosearlo, llegó a amar y a necesitar el libro como tal; ya no le bastaba con abrirlo y leerlo; necesitaba olerlo, tocarlo, acariciarlo; era un tomo de bolsillo, vulgar y corriente, cubierto con una encuadernación pobre de pasta flexible, que apenas protegía las páginas ásperas y amarillas; en éstas, apretadas en una letra redonda y menuda que dejaba en torno a sí un hermoso espacio en blanco, estaban impresos los poemas, uno por página.

Olía a algo desaparecido hace mucho tiempo, pero vivo.

Ramón W. segundo sabía perfectamente que tales libros no se imprimían ya: desde las Grandes Reformas implantadas en Ciudad Feliz, los libros, como los demás impresos, debían, además de pasar la rigurosa censura de su contenido (que recelaba especialmente de todo lo que pudiese fomentar el individualismo), estar impresos en una letra gruesa, de molde, por supuesto en mayúscula, según las normas de la nueva Gramática Simplificada, con el objeto de ser leídos exclusivamente en voz alta y por turnos, siempre bajo la adecuada supervisión. Leer para sí, aunque fuese mascullando, estaba rigurosamente prohibido.
Uno de los eslóganes más repetidos en los paneles luminosos de la Ciudad rezaba: QUIEN LEE SOLO DESTRUYE LA DEMOCRACIA.

Ramón W. segundo recordaba aún los grandes autos de fe con que a menudo se culminaban, junto a los fuegos artificiales, las fiestas de apertura de los druguestores y los macro centros comerciales. Uno de los objetivos más ambiciosos del Gobierno era precisamente eliminar del uso cotidiano cientos, miles de palabras, que ya no figuraban en los diccionarios, términos como libertad o individuo, que aún se deslizaban rebeldes en la conversación.
Sea como fuere, todo eso importaba ya bien poco a Ramón W. segundo. Cada noche, solo, tumbado en su jergón, leía y soñaba, soñaba y leía, hasta perder la noción del tiempo y de las cosas, hasta que lo sobresaltaba la primera brizna del amanecer. Entonces guardaba rápidamente su tesoro, en un nicho cuidadosamente abierto al efecto bajo las tablas del suelo; se embutía en su abrigo, pálido y desgreñado; y salía a la calle, al portal, con paso rápido, hacia la casa que olía a sueño y medicinas.

Le costó trabajo y disimulo, pero al fin consiguió la pistola y las municiones.
Eduardo Caneti se apostó entonces en el parque donde había visto a su hijo (cuyo nombre, por cierto, ignoraba), y hablado con Elena. Para disimular, desplegó un enorme folleto publicitario ante sí. El día era claro, trémulo. Junto al banco descansaba destartalada la bicicleta, y la caja ociosa de herramientas.
Al fin alguien atravesó el invernadero. Unas pisadas infantiles, rápidas, crujieron en la gravilla junto a otras pesadas y parsimoniosas. No era Elena. Tuvo que esperar aún una hora antes de verla aparecer con el chico.

Inmediatamente, con un gesto mecánico, hundió la mano en el bolsillo donde guardaba el arma. Nadie lo advirtió. El parque estaba casi vacío. Más allá la calle empezaba a animarse poco a poco con los que regresaban del trabajo. Era el cambio de turno del mediodía.

Eduardo Caneti miraba fascinado a la mujer embarazada. El chico se había alejado a los columpios. Había otro niño y un hombre mayor que leía, como él, en un banco.

Inesperadamente, su doble apareció en el otro extremo del parque. Acababa de guardar el coche. Aquel día sólo tenía media jornada. E inmediatamente lo vio.
El androide corrió hacia él. ¿Cómo lo había adivinado? El invernadero se estremeció con sus pisadas y sus gritos. Antes de darse cuenta estaban forcejeando. El disparo se había estrellado contra una de las paredes del invernadero reventando los cristales. El chico, asustado, gimoteaba escondido tras su madre, ilesa.

Ramón W. segundo logró aferrar el brazo, la muñeca del vagabundo. Pero la bicicleta le estorbaba. El viejo del banco vecino corrió a pedir ayuda. Al fin apareció la patrulla, y consiguieron reducirlo y arrebatarle la pistola. Aún tuvo tiempo de hacer un segundo disparo que se hundió, estéril, en el cielo.
-¡Ha intentado matar al chico!
Tras esposarlo y registrarlo, lo arrastraron al coche patrulla. Al pasar junto a su doble que abrazaba a su mujer y al chico, ya no pudo contenerse:
-¡Eres un robot!, le gritó.
Aún dijo algo más. Un torrente de improperios brotó de entre su barba. Al fin, a trompicones, consiguieron taparle la boca, agacharle la cabeza y meterlo en el coche celular.

La pistola sólo tenía una bala.
El incidente no apareció en los medios de comunicación. Todos los días ocurrían cosas parecidas, por desgracia. Elena sufrió una crisis pasajera. Y, durante un tiempo, Ramoncito dibujó obsesivamente a un gigante barbudo que los perseguía con una pistola. Poco a poco, sin embargo, el incidente fue perdiendo interés en sus fantasías.

Sin embargo Ramón W. segundo no podía olvidar las palabras del loco: “Eres un robot”. Por absurdo que fuera, no lograba olvidarlas. ¿Qué habría querido decir?
Una noche estaba tumbado como de costumbre, en su jergón, leyendo, cuando de pronto se le ocurrió una idea al hilo de esas palabras.

Al día siguiente comenzó a construir su doble.

Poco antes de que Elena diese a luz, una noche bajó al garaje y, con mucho cuidado, conectó los últimos sistemas del androide (que, dicho sea de paso, era mucho más avanzado que su predecesor): el parecido resultó asombroso. Con todo, Ramón W. segundo lloró cuando tuvo que despedirse de su mujer y de su hijo, que dormían.

Desde un rincón, y luego desde una esquina, vio como Ramón W. tercero se despertaba sobre la tarima del garaje. Aturdido, enseguida se espabiló y se incorporó; rebuscó algo en sus bolsillos y salió a la calle.
Ante el portal pareció vacilar un instante. Todas las ventanas de la calle estaban negras y muertas. No había ni rastro de la patrulla.

Al fin, desapareció en el portal de su casa.

Cuando se alejaba a toda prisa en su bicicleta por las callejuelas adyacentes, Ramón W. segundo recordó súbitamente que había olvidado el libro de Omar Khayam en la guantera del coche. Pero ya era demasiado tarde para volver.
Y de todas formas se lo sabía de memoria.

 
Publicado el 1 de julio de 2009 a las 00:00 horas. | Imprimir
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